El Salón de las Mentiras

El espacio de ARTE y LITERATURA de Miguel Venegas

video - crímenes perfectos

Loading...

martes 17 de noviembre de 2009

El Olmo y su amigo melancólico

«Me siento como una cigüeña.»

El Olmo entorna los ojos. El día ha sido duro, no cabe duda; sin ella, por una vez y por completo, pero con los ojos de un amigo que no paraba de recitar paredes.

«¿Por qué, Olmo?»

«No sé… -su gesto se agota de cerveza –porque vuelo y me poso… vuelo y me poso…»

El amigo le mira y se vuelve a reír. “Tengo que apuntarme eso”, piensa. Él también tiene motivos para descansar; tiene su ella, su tiempo imposible, su silencio incómodo. Y su peso. La lucha continúa, mientras él se empeña en mirar hacia otro lado, hacia adelante. “Qué bonito es el presente, ¿no?”, había dicho Olmo. “Amén”, pensaba él.

«Somos dos artistas descorazonados.»

Olmo no quiere abrir los ojos. El alcohol le sigue dando cuerda; ya no puede ver más allá de las paredes, pero siente cada milímetro de mundo que le baila alrededor. El ficus, la guitarra y las notas de italiano; las tulipas rojas del salón, las gotas de agua sucia empañando la ventana. “Todo son átomos en intercambio”, había dicho en el primer bar, frente a un millón de cacahuetes y las primeras cerveza.

Y frente al agua; esa extraña plaga de un país acanalado, plano y húmedo, evocador, pero frío y solitario.

«Este pueblo es increíble, Olmo.»

El amigo melancólico piensa en canales y un atardecer.

El Olmo duerme ya, o finge hacerlo, mientras Calamaro rompe el silencio con sus crímenes perfectos.

miércoles 4 de noviembre de 2009

'2046', de Wong Kar-wai

Él viste un traje gris y se engomina el pelo. Sabe mirar al infinito y dibujar de labios una indiferencia en la que no puede creer, pero que le viste con honores de señor de damas descorazonadas. Ella es bella de pies a cabeza, porque debe serlo, hasta el último rincón de las pestañas. Los ojos la enfocan con luces de neón; es la estrella, una dulce princesa inmaculada que finge dormir apoyada en su hombro. Un asiento trasero, un taxi hacia ninguna parte. La música mece un amor extraño, trágico y universal, de esos que, al menos, merece la pena contemplar.

2046… una cifra casi casual, un número que nos habla, que se empeña en jugar con nosotros mientras el circo da vueltas sin casualidades. Quizás un futuro de cartón piedra; un futuro de disfraz, de pasado empolvado en fantasías. El cine sigue girando y las máscaras se vuelven de cristal. 2046… eso era… una mera habitación de hotel… un oscuro rincón donde llorar al amor y saborear al sexo. Un juego fantástico, con sinfonía y cámara lenta; y esa cadencia genial del genio, que te baila, que te acuna en cada calada y en cada paso de tacón.

Una obra de arte.


lunes 26 de octubre de 2009

Psicodelia musical para un lunes con agujetas

Para un lunes que pesa, como hacía mucho. Uno enciende la tarde bocarriba y ojiplático, esperando un guiño de una cama que devuelve soledad; el sol se marcha sin un mísero ‘hasta luego’, a la traición de un olvido veraniego que no asume todavía la noche de las seis y diez. En la radio suena un disco: ‘Since i´ve been loving you’. Psicodelia pura. La cama comienza a levitar.

Una guitarra dolorida, dulce; la cuerda tararea un poema setentero y lejano hasta el infinito, hasta dentro; la batería acuna a pedaladas un paseo por la calle de la lírica mojada. La noche se convierte en humo y whisky. Los ojos se cierran; la tierra se frena bajo los pies; la música marea con su veneno… dulce y cálido veneno. ‘Sí… cualquier droga bastará…’

El sueño comienza a bailar, en una paz narcótica y semidespierta. Ella vuelve a aparecer. Su imagen se viste en blanco y negro, sobre la almohada; piel morena, ojos de cristal. Su cara juega con el humo de las notas. La guitarra la viste de esta psicodelia cuarteada y gris. Su voz se mezcla en caja y bombo, en ese compás de tres segundos. Un alarido de voz, tras el micrófono; millones de palabras que siempre guardaban el mismo secreto. ‘¿Dónde estará?’ El blues de Robert Plant no está hecho para las respuestas.

martes 13 de octubre de 2009

las chicas sólo quieren divertirse -octubre cae en jueves, segunda parte-

El chico ya no quiere tempestades; hoy no. Ha salido del seto con la agenda en la pechera, colgado numeritos. ‘Hoy es jueves, otra vez… y yo sin darme cuenta’. No sabe por qué se tuvo que esconder; su memoria es más lista que él y ya lo acuna con montañas de presente. Hoy luce el sol, por casualidad, como el amor en los juegos de Kundera. ‘Y se agradece, sí señor’; el chico sabe disfrutar de las casualidades.

Octubre clarea, disfrazando de colores un minimundo de grises rumbo al frío. El chico mezcla la soledad de la calle con la soledad de la alcoba, por cambiar de aires. Ve una peli de amor cruel, de los dramas que se aplauden porque ‘joder qué puta es la vida y qué bien la muestra el director… ojalá tuviera también valor para el suicidio’. Piensa en el protagonista. Es un hombre bueno, pero eternamente equivocado; y sí, paga su equivocación despreciando a la chica a la que ama, la chica perfecta, bella y frágil, llena de amor y desaliento. El hombre es un cabrón, aunque tenga sus motivos. La peli es grandiosa, pero el chico piensa que el amor ya nunca es lo que quiere hacer de él el hombre duro. ‘Eso ya pasó de moda’.

‘Y yo no soy un hombre duro, que es lo peor’. El chico piensa ahora en chicas, en las de verdad. En aquella chica de la boda… sí, la novia de guapa y blanco que se había ido de casa un mes después, sin respuestas y sin nada de nada, despidiendo a su recién marido; un supuesto amor de cien a cero en cuarenta días, y quién sabe qué pocas noches. Y piensa en la chica que lloraba en la cama; la que después rió en la suya, con los dedos en su espalda y los susurros en el viento. La misma que pasó a la cama de al lado, al poco rato de su ‘hasta luego’. Y piensa en la chica de ayer, la suya. Su memoria le devuelve los recuerdos de las noches pasadas bajo el seto. ‘Sí…’, piensa, ‘eso era… la siguiente estación’; su cabeza ya revolotea, perdiendo el suelo. ‘Quizás sí que quede la esperanza’.

Entre tanto pensamiento, una canción antigua suena de fondo en una mueca más del mundo, perversa por casualidad. ‘Girls just wanna have fun’. El chico sonríe. Piensa en la chica de la peli, la bella enamorada. ‘Ella quería ser feliz; las demás ya sólo quieren divertirse’.

jueves 8 de octubre de 2009

Octubre cae en jueves, esta vez...

Algún chico de alguna calle de otoño regaña con sus dientes unos metros de este jueves de octubre tan antipático. El chico se llama ‘imbécil’, porque no sabe que el camino es demasiado largo para ponerle etiquetas. Pero se las pone, sabiendo que se asquea de esas grandes ilusiones que va dejando disfrazadas por el camino, rellenas de nada de nada. Y la nada va deshojando el calendario, pegajosa y cruel; y nuestro chico camina una calle en marrón cuarteado, midiendo sus calores con las piedras del camino, jugando a ser el chico más fuerte del mundo, jugando a suicidar cachitos de un corazón helado de repente, por aquello del rebote.

‘Se acabó; este juego no es para mí’. Lo dice porque no se siente ganador, a pesar de que las piezas sigan encajando, de que el dibujo de este puzle bélico es más claro y más bonito cada día. A pesar de todo, nuestro chico corre por la calle solo y ciego, buscando refugio, mirando al frente que no ve, hacia los rincones cálidos de un asfalto que nunca le ha fallado.

‘Aquí me acurrucaré, hasta que todo pase. Aquí no podré encontrarla. Si me busca, volveré…’, el chico se acomoda entre los setos, aún disfrazado de pinturas de guerra. Se agacha y llora un poco; es un chico. El mundo pasa por su lado, pero no le mira; le deja descansar. Sigue girando frío y silencioso, olvidadizo. Las hojas van cayendo y la lluvia ya no moja por causalidad. Las calles cantan tempestades, como siempre. En algún rincón, un chico se hace fuerte contra el tiempo, contra el juego que no puede olvidar.

jueves 1 de octubre de 2009

‘Inglourious Basterds’ – malditos genios…

La luz se apaga y la música enciende los ojos del espectador. ‘Es él, piensa’; el aire se perfuma con esa fantasía bastarda, esa burbuja tarantina. Un compás y decenas de rótulos, en rojo sobre negro; un aire musical entre francés y midle-west. ‘Es él, ahí está’, piensa el chico de la butaca, ‘no cabe duda’. Porque a Tarantino es fácil esperarle.

Uno lo imagina feliz y colocado, sobre un sillón, esbozando una sonrisa de cabrón con suerte, mientras juega con su cámara a la Segunda Guerra Mundial. Él ordena su teatrillo y dibuja personajes como sutiles caricaturas de un mundo fantasmal y divertido, a partes iguales.

Un francés enorme y pobre, un digno héroe para todos, salvo para el genio que monta el espectáculo. Veinte minutos de cine en grande. Una lágrima y se acabó; el revolver dicta de nuevo, vida o muerte. El salvaje Tarantino vuelve a cabalgar.

Brad Pitt masculla un terrible acento yanqui. Juega a matar y arrancar cabelleras. Se divierte ordenando y dando muerte; extrema y cómica, un clásico del autor. Pero ni Brad es importante, cuando la historia del mundo –el de Tarantino, claro- depende de un hombre y una mujer. Un alemán soberbio, espectacular. Una francesa épica, a la altura de Uma Thurman, pero con la cara angelical de una parisina sin voz grave. Ambos juegan con la historia del mundo, para volarla por los aires. Tarantino se cisca en el 41’ y sale indemne; palabra de genio, no se diga más.

El chico de la butaca se ha divertido y se marcha del cine reviviendo el espectáculo. ‘¡Qué espectáculo!’, piensa; ‘¡maldito bastardo!’

miércoles 23 de septiembre de 2009

Las palabras, el adios y lo demás... cuento triste

A Gabriel nunca le había gustado despedirse. No sabía. Había aprendido a escabullirse sin hacer ruido, entre la gente y la noche, siempre leyendo el momento en el que nadie pudiera arrancarle un ‘lo siento’. Era una táctica que había convertido en rutina de noche y amigos, y en escudo contra algunas lágrimas que nunca nadie pudo contemplar. ‘Mejor así’, se decía siempre; ‘mejor para todos’. Un truco viejo y sencillo; algo, además, con lo que seguir alimentando el misterio.

Pero esta vez no; la estrategia no servía de nada. ‘No puedo hacerlo’, pensaba, con la triste mirada perdida en el punto infinito de su frente. Había colgado el teléfono y se inclinaba ante el papel en blanco, buscando respuesta en unas palabras que aún no podían existir. Esta vez no cabía el camuflaje.

“No puedo más Elena; lo mejor es que no volvamos a vernos”. Lo había pensado y recitado, sólo cinco minutos antes de descolgar el teléfono. Pero había sido imposible. ‘Imposible’. Aquella palabra lo seguía taladrando con crueldad. La cabeza le hervía en deseo y el deseo crecía sin final. ‘¿Por qué?’ Él sabía por qué, pero sus ojos no podían dejar el infinito. Sí, aquel recuerdo, aquellos ojos, aquellos labios, aquel pañuelo saliendo del metro en busca de problemas, en busca de él. Un beso, y muchos más; un aliento que se había hecho demasiado cálido. Un “no” sin ninguna explicación. Un “no” entregado en carne, una apuesta a mayor, a todo o nada, a un futuro en el que seguía confiando y del que su mente no podía escapar, aunque quisiera. ‘Algún día sucederá, algún día’, y por eso, y sólo por eso había dicho ‘no’.

Aquello aún le perseguía por las noches, y por ello no podía decir ‘adios’. “Adios, Elena, adiós”, se decía, mientras pensaba en ‘hasta pronto’. Por eso se le había atragantado aquella despedida de teléfono y balbuceos. ‘No sé hablar con ella’, había pensado. Ahora se inclinaba en el papel, buscando el calor de todo aquello que nunca se dice. Y comenzó a escribir.

“Yo no quiero despedirme, Elena; yo no quiero este adiós…” Levantó la cabeza y miró hacia la cama. “¡Sonia!”, en el teléfono sonaba ‘River’, de Bruce; ‘el jefe’ acababa de cumplir 60 años. Gabriel se levantó e inventó la mejor de sus sonrisas. “Hola cariño, ¿cómo estás?”

Lejos de allí, Elena trataba de habitar en su soledad, recordando al chico que no había sabido decir adiós, convencida de un amor que aún no había comenzado.