lunes, 25 de enero de 2010

Soy

Yo sólo soy el chico al que no quieres mirar de frente. Un hombre, se diría; cinco lustros de risa floja y tempestades. Un niño envejecido, con los pies quemados y los ojos negros, muy pequeños, inválidos ya para cualquier disfraz.

Dulce disfraz. Me crees pequeño y lejano, y yo no entiendo por qué no soy capaz de abrir mis alas a tu lado. Me crees cobarde y yo me pienso a veces un Quijote imbécil, a lomos del más bello corcel, ciñendo la más regia coraza… y me menguo; me hago un loco que conjura con el viento la manera de domar la luna y las estrellas, para exprimirlas, para dártelas a respirar.

Pero yo sólo soy un hombre, un vividor. Porque vivo cuanto puedo mientras tú me llamas desde algún altar, y porque vivo más allá del aliento que me dejas respirar. Soy carne y soy piel, soy ese calor en el que me intuyes cuando quieres verme, cuando me quieres ver. Soy el que espera al sol que barrerá tu sombra; soy el capullo agazapado, iluso de una primavera en flor que arranque los colores a este lienzo pálido, triste y sin ningún final.

Yo no soy un MI menor. No soy el lápiz que escribe en el pasado. No soy el ring donde pelear con el fantasma de la navidad. Soy un deseo no lejano y miles de historias por contar. Soy sólo el chico al que a veces no quieres mirar.


lunes, 11 de enero de 2010

La nieve y el chapoteo

El chico del sombrero oscuro se pasa el día agazapado. En Madrid está nevando y el asfalto se envenena con el pánico malsano de toda la ciudad. La nieve lo cambia todo, y eso molesta a un mundo abrazado a lo ‘siempre igual’, a la bocina del coche y al café con porras de las once y media. Pero al chico del sombrero le gusta la nieve de este lunes tan desigual.

Y le gusta porque limpia. Porque los copos son blancos y bajan del cielo como algodón dulce. Porque los niños abren bien los ojos y preguntan si las nubes se están rompiendo en pedacitos para que bajemos a montar una guerra de bolas. Y porque el caos siempre embellece los minutos, porque los cambia, porque la nada se olvida y el paisaje es por una vez como nunca antes lo hubo sido.

El chico del sombrero quiere chapotear. Pero aguarda; observa a la chica de las gafas de cristal. Ella mira a la nieve, tímida, buscando un sendero de asfalto por el que cruzar. Pero el asfalto ya no está; la calle ha muerto, y sólo un mar de blanco virgen separa al chico y a la chica de cristal. El chico espera y ronronea, peleado con su mal domada ansiedad. Escucha la voz de ella, dulce y mentirosa; ‘imposible’, le dice; el chico descorcha una sonrisa difícil de disimular.



viernes, 18 de diciembre de 2009

Entre luces y colores

‘Castaño claro’ quiere ser feliz. Sale de casa solo y sonriente, armado de cuero y guantes de piel. La noche brilla como nunca, por aquello de la navidad y sus antojos de colores, y por la luna, caprichosa, que se ha hecho mayor para unirse a la fiesta. A ‘Castaño’ le gusta esta noche; no hace frío y el mundo descansa en el sofá viendo ‘House’. ‘Las calles para mí’, piensa ‘Castaño’; arranca la moto y empieza a soplar.

Por una vez, Gallardón reconcilia a ‘Castaño’ con el mundo interior, el de mentira. Las luces de Madrid le envuelven y le colocan, metro a metro, segundo a segundo. Acelera la moto y la locura arrecia en una extraña forma de salud mental. ‘Soy una puta cigüeña’, piensa. ‘Castaño’ abre los ojos y el aire se le clava más allá de las retinas. Frena un poco, apaga los ojos y vuelve en sí por un momento. ‘A ver… me estoy desviando’. Gira y acelera, y vuelta a empezar.

Ahora ‘Castaño’ piensa en ‘Morena’, y lo feliz que sería en el asiento de atrás; abrazada, acurrucada, con los ojos abiertos al país de las maravillas, a ese Madrid asustadizo plagado de luces y sueños, a esos sueños cristal que se rompen cuando dejas de frotar la lámpara de los cuarenta ladrones. ‘Y lo peor es que sabe lo que se está perdiendo’.

‘Castaño’ piensa ahora en Pink Floyd y Dylan. Piensa que el viejo Bob tenía razón, que la respuesta siempre estuvo flotando en el aire y que ella lo que hace, lo hace siempre como una mujer. Vuelve a girar y se despista. Ha vuelto atrás. No quiere llegar a su destino. Le esperan, sí, pero ‘Castaño’ es feliz dando vueltas por Madrid; bajo esa luna caprichosa, acunando un colocón de luces que cree que nunca acabarán.

Frena, pisa el suelo y se detiene. Junto a él se para un coche, que gime con un CD de rock antiguo. ‘I wish you were here’, sí. Una voz se quiebra y no lo hace por amor. Un canto de amistad por un amigo colocado, que no pudo tocar. ‘Eso sí que es poesía’, piensa. Castaño vuelve en sí desde su celda. Ahora sí le toca llegar al final.


martes, 1 de diciembre de 2009

La niña tenía un sueño

Uno grande y complicado, de esos que se temen y se aman a distancia. La niña ya era grande; sus ojos contaban la edad de columpiarse sobre el mundo o perderse bajo él; pero muchos decían que seguía siendo una niña preciosa, de piel canela y sonrisa mayor. También él lo creía. Para él el sueño era ella, esta vez. Había tenido decenas de sueños; sueños de faldas y de vida, de luces y de neón, de comerse el mundo y de caer devorado entre labios de un ‘te quiero’ para siempre.

Esta vez era ella, porque sí; ‘por los milagros’, se decía, ‘nunca se debe dejar escapar los milagros’; había visto pocos en su vida pero todos se habían quedado en él. Era un soñador, y lo admitía. Soñó con una ciudad de Babel, y la encontró; soñó con una lágrima de mujer, soñó con un micrófono y millones de voces detrás de él, soñó con un papel de letras infinitas, por manchar y leer. Soñó mil veces y tantas veces vivió hasta desfallecer. Era un vividor de sueños, venido a menos.

Ahora, sin embargo, soñaba atrapado en un silencio incómodo. Poco podía hacer. Su sueño de ella estaba en manos de la niña de los sueños. Su sueño de Babel, en manos del tiempo y sus caprichos, y en manos de un pequeño dios venido a más.

Un dios grande entre los hombres, que contaba sus días fatigado entre sus dominios y sus dominados. Un dios canoso, vivido y leído, y muy hablado. Un dios genial, que soñó un día con un teatro entre clásico y tabernero, y que había gozado en sueños lo que la vida real no pudo satisfacerle.

Él no quería ser así, al menos en la parte de los ceños fruncidos. Él quería seguir adelante a gran velocidad, parando sólo para beber un trago, un vino, una cama despierta, hasta el amanecer. Ese era su plan y sin embargo, no podía moverse. El mundo entero se mecía y el otoño le paraba los pies. ‘La chispa, eso es… necesito la chispa adecuada, para volver a arder’.


martes, 17 de noviembre de 2009

El Olmo y su amigo melancólico

«Me siento como una cigüeña.»

El Olmo entorna los ojos. El día ha sido duro, no cabe duda; sin ella, por una vez y por completo, pero con los ojos de un amigo que no paraba de recitar paredes.

«¿Por qué, Olmo?»

«No sé… -su gesto se agota de cerveza –porque vuelo y me poso… vuelo y me poso…»

El amigo le mira y se vuelve a reír. “Tengo que apuntarme eso”, piensa. Él también tiene motivos para descansar; tiene su ella, su tiempo imposible, su silencio incómodo. Y su peso. La lucha continúa, mientras él se empeña en mirar hacia otro lado, hacia adelante. “Qué bonito es el presente, ¿no?”, había dicho Olmo. “Amén”, pensaba él.

«Somos dos artistas descorazonados.»

Olmo no quiere abrir los ojos. El alcohol le sigue dando cuerda; ya no puede ver más allá de las paredes, pero siente cada milímetro de mundo que le baila alrededor. El ficus, la guitarra y las notas de italiano; las tulipas rojas del salón, las gotas de agua sucia empañando la ventana. “Todo son átomos en intercambio”, había dicho en el primer bar, frente a un millón de cacahuetes y las primeras cerveza.

Y frente al agua; esa extraña plaga de un país acanalado, plano y húmedo, evocador, pero frío y solitario.

«Este pueblo es increíble, Olmo.»

El amigo melancólico piensa en canales y un atardecer.

El Olmo duerme ya, o finge hacerlo, mientras Calamaro rompe el silencio con sus crímenes perfectos.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

'2046', de Wong Kar-wai

Él viste un traje gris y se engomina el pelo. Sabe mirar al infinito y dibujar de labios una indiferencia en la que no puede creer, pero que le viste con honores de señor de damas descorazonadas. Ella es bella de pies a cabeza, porque debe serlo, hasta el último rincón de las pestañas. Los ojos la enfocan con luces de neón; es la estrella, una dulce princesa inmaculada que finge dormir apoyada en su hombro. Un asiento trasero, un taxi hacia ninguna parte. La música mece un amor extraño, trágico y universal, de esos que, al menos, merece la pena contemplar.

2046… una cifra casi casual, un número que nos habla, que se empeña en jugar con nosotros mientras el circo da vueltas sin casualidades. Quizás un futuro de cartón piedra; un futuro de disfraz, de pasado empolvado en fantasías. El cine sigue girando y las máscaras se vuelven de cristal. 2046… eso era… una mera habitación de hotel… un oscuro rincón donde llorar al amor y saborear al sexo. Un juego fantástico, con sinfonía y cámara lenta; y esa cadencia genial del genio, que te baila, que te acuna en cada calada y en cada paso de tacón.

Una obra de arte.


lunes, 26 de octubre de 2009

Psicodelia musical para un lunes con agujetas

Para un lunes que pesa, como hacía mucho. Uno enciende la tarde bocarriba y ojiplático, esperando un guiño de una cama que devuelve soledad; el sol se marcha sin un mísero ‘hasta luego’, a la traición de un olvido veraniego que no asume todavía la noche de las seis y diez. En la radio suena un disco: ‘Since i´ve been loving you’. Psicodelia pura. La cama comienza a levitar.

Una guitarra dolorida, dulce; la cuerda tararea un poema setentero y lejano hasta el infinito, hasta dentro; la batería acuna a pedaladas un paseo por la calle de la lírica mojada. La noche se convierte en humo y whisky. Los ojos se cierran; la tierra se frena bajo los pies; la música marea con su veneno… dulce y cálido veneno. ‘Sí… cualquier droga bastará…’

El sueño comienza a bailar, en una paz narcótica y semidespierta. Ella vuelve a aparecer. Su imagen se viste en blanco y negro, sobre la almohada; piel morena, ojos de cristal. Su cara juega con el humo de las notas. La guitarra la viste de esta psicodelia cuarteada y gris. Su voz se mezcla en caja y bombo, en ese compás de tres segundos. Un alarido de voz, tras el micrófono; millones de palabras que siempre guardaban el mismo secreto. ‘¿Dónde estará?’ El blues de Robert Plant no está hecho para las respuestas.