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martes, 14 de diciembre de 2010

Erase una vez

De la primera noche, sólo quedan imágenes en blanco y negro. Sólo eso, ¿te lo puedes creer? Han pasado más de dos años y ahora se me antoja una especie de sarcasmo malicioso. Sí, una broma que me tira de los pelos, como si el fantasma cavernoso de las navidades pasadas me viniera a señalar el estúpido error de mi yo más joven, más tímido y, sobre todo, más perezoso para esto de los tontos caprichos del destino.

¿Destino? No, borra eso; es más propio de ella que de mí. Además, el destino me recuerda demasiado a los poemas de Neruda, y eso amigo, tampoco ayuda en este otoño lagrimoso. Sea como fuere, a mí me seguirá pesando aquella primera vez. Aquel tibio encuentro cuarteado, del que hoy sólo guardo una imagen vieja y pasajera, una memoria; y ella, ni siquiera eso.

La escena era cálida y muy oscura. Sí, así era… El salón estaba lleno de sombras y las sombras danzaban dando gritos, dando vueltas a mi alrededor, que era también el de ella. Ella era morena en la mirada; lo era de pies a cabeza, en realidad, sólo que aquella noche yo no pude darme cuenta, porque su piel estaba dibujada en esa extraña escala de papel antiguo. Sería la luz, que no ayudaba, porque caía en ráfagas sobre nosotros, como si disparase una ametralladora de los años cuarenta. Su boca era grande y hablaba con dulzura, a mi oído, acercando sus mejillas sobre las mías en un roce meloso pero extremadamente calculado.

Sí; ella tenía una cara en blanco y negro, preciosa, y sabía dibujar de deseo la mirada. Y yo la miré, claro; directamente y sin temor, sabiendo que lo que estaba pidiendo era un beso furtivo en el instante en que el fuego de ametralladora diera un ratito de oscuridad. Pero eso ella no podía comprenderlo. Recuerdo que también me miró, con sus ojos negros y felinos. La luz se hacía y deshacía al compás de los segundos. Uno, y su cara blanqueaba a metro y medio de la mía; dos, y la luz volvía con sus ojos en los míos, a metro escaso de distancia; tres, y sus labios ya estaban casi junto a mí.

Tres segundos, nada más. El miedo me abrió los ojos, el miedo y un sentimiento de culpa del que no podía salir bien parado. Di un paso hacia atrás y ella respondió con más centímetros entre nosotros. No sé si mi pánico me había delatado o si mis pies cobardes la habían alejado; en realidad, aquello daba igual. El instante había muerto; seguramente, nunca tendría una segunda oportunidad, pensé. De aquella noche tan lejana, me guardé unos segundos sin color y un número de teléfono.


viernes, 26 de noviembre de 2010

¿dónde me quedé?

Ha pasado tanto tiempo que se me ha olvidado empezar a contar historias. Y era fácil, tanto que se convirtió en una forma de salud espiritual, de quietud necesaria, más que en una manera como cualquier otra de parecer interesante. Sí, de eso también había un poco.

Ha pasado mucho tiempo sí… Hoy escribo en una casa donde nunca antes escribí, en un teclado que nunca pasó las cincuenta palabras, mirando los tejados del que nunca antes fue mi barrio. La vida ha girado tanto que me da vergüenza y vértigo volver la mirada atrás, o adentro, como si nada ni nadie hubiera pasado por aquí.

Pero pasó. Los juegos se hicieron de mayores y el sol no dejó de quemar. El mar se cerró por dos semanas, entre piedra y piedra, alemanes y noches sin respirar. Después llegaron los ‘sí’, fantásticos y brilantes después de tantos meses de ‘ahora no’. La lírica se fue de mis manos pero se convirtió en una forma de vivir, hasta que llegaron los días de lluvia y de Neil Young, y la lírica se convirtió en Ikea, en chaise longue, en cenas por Madrid y teatro a las nueve. La vida siguió girando, sin sol, sin letras, sin minutos ni segundos, pero siempre dando poco menos de todo aquello que pudiera desear.

Hace frío y hoy me he dicho que no me apetece salir. Me he quedado sin escusas. Estoy solo; he dejado a Martín Gaite durmiendo sobre la guía de Croacia de Lonely Planet y la música de Nora Jones ha dejado de sonar; estoy solo y hoy, después de mucho tiempo, descubro que ya no estoy acostumbrado.

Por feo y tonto que haya resultado, estoy aquí, donde tenía que estar.

lunes, 26 de abril de 2010

Sueño mañanero y febril

A Jorge se le hacía duro el lunes mañanero. Le costaba teclear letras autómatas, le costaba el café de las diez, el ‘sí’ y el ‘quedan sólo un par de horas’. Miraba la luz del sol con los ojos entrecerrados, pensativo, como si aquella ráfaga que asomaba por la ventana del jefe fuera lo poco que le quedaba de unión con el mundo exterior.

Eso y sus fantasías, claro; aquellas escenas lentas que calentaban su frente y levantaban suavemente su par de comisuras acartonadas. Sí, pensaba en el verano y la cara le tornaba de un gesto amarillo e idiota. Llegaba hasta el fondo del armario de once meses de oración y allí se acurrucaba, tranquilo, feliz, dibujando los mapas de una aventura coloreada.

‘Estaré con ella’, se decía; y poco más podía importar. ‘Me cogerá la mano y saltaremos al agujero del árbol del país de las reinas de corazones y los conejos que saben hablar. Ella me dirá que sí y yo sabré lo mismo que siempre supe. Esa sonreirá y yo correré para ver cómo me alcanza. Haré las paces con los tiempos, y será el tiempo quien se pregunte ‘a qué demonios estamos esperando’; y entonces ella sabrá al fin lo que yo siempre supe’.

Jorge deambulaba por los aires agarrado a su compás. El teléfono empezó a sonar; era su jefe. Pero hoy la canción era un canto veraniego; ‘lo había olvidado’, ahora Jason Mraz le volvía a recordar que el sol estaba ahí fuera calentando a fuego lento su pequeño sueño de cartón; y no quiso descolgar.

jueves, 18 de marzo de 2010

llega el sol

A Javi le gusta tanto la primavera… le gusta volar, hacer cabriolas; le gusta el chapoteo de los días grises, de esa lluvia tonta y calentita, que empapa de pura estética a los novios tontos que juegan a besarse bajo el agua de este cielo ya climatizado.

A Javi le gusta pasear con gafas negras. Le gusta mirar; comprobar cómo la ciudad le va ganando grados al invierno, cómo el color pisotea al negro, cómo las niñas alegran minifaldas al mundo de la carne y los niños se esfuerzan por lucir ese bíceps tatuado de onanismo juvenil.

Le gusta, sí. Quizás por aquello de la luz después de las tinieblas, o por las noches de primavera que quedaron atrás. Sí, puede que sea eso; un recuerdo, una imagen que lo cubre todo. Una noche de abril con tres copas y una mujer. Un vestíbulo, un jardín. Unos labios endulzados en carne viva y un alegre sudor mañanero de bulto en el colchón. Javi no sabe por qué, pero le gusta este retazo veraniego y multicolor… Ya no llora la guitarra psicodélica, ya no se acurruca solo en el colchón. Ahora ríe y sale al sol.

martes, 2 de marzo de 2010

de paseo...

Las viejas poblaban el bus como un atrezo rancio y empolvado. El asiento estaba duro, raído y con una especie de pintura que amenazaba el buen decoro de sus vaqueros nuevos. Pero el sol latía por fin en el cielo, así que se acomodó entre el perfume senil y comenzó a leer su periódico bajo el leve resplandor del invierno apunto de acabar.

Aquel era el primer diario que compraba en tres años y lo sentía como si fuera una crónica de la ciudad al estilo García Márquez, con todos los acabados. Pasó la sección política cuando el bus doblaba Miguel Ángel con Eduardo Dato. En Luchana llegó a sociedad, esperando un pequeño dulzor tras el fiasco nacional de la economía y la parranda dialéctica; y lo encontró. Allí estaba París Hilton, piernas al aire y melena al viento, insinuando una figura sexual que, al parecer, no había gustado en el gobierno de Brasil. Aquella rubia explosiva; aquella presencia sexual casi perpetua, le hizo volver su mirada a los recuerdos del último día; el último, antes del sol, del periódico y del autobús cargado de señoras empolvadas.

Ahora no podía dejar de recordarla. La había dejado durmiendo en la cama, desnuda y desalienta, y temía que aquella huída inesperada le dejara sin aquel cuerpo de mujer para el resto de su vida. Una pena.

El autobús se detuvo de golpe, en un frenazo. Alguien acababa de perder la oportunidad de ser atropellado. Él volvió a su periódico; el siguiente titular lo fulminó en un instante. ‘El suicidio se convierte en la primera causa externa de muerte’. Tres mil personas al año no podían seguir adelante, y aquello parecía desconcertarlo. Había pensado en la muerte muchas veces, y la había deseado con locura tantas noches de diluvios sobre las sábanas; pero nunca se habría atrevido. Pensó entonces en el valor, y en la cobardía. Pensó en la fuerza y en el débil que sabe que debe encontrar ese mísero halo de esperanza. Y pensó en lo lejana que es la esperanza.

Y volvió a pensar en aquella chica de sueño y cama. En el rubio de su pelo, en lo salvaje de aquel rubio encrespado por la noche y sus deseos. En el blanco de sus ojos cerrados. En su dormir y en su follar. Volvió a pensar en todo aquello de una noche, o de dos, o de tres, lo mismo daba; y pensó que quizás, el único enemigo del suicidio y del caos fuera la fe, la más pura y estúpida fe, en el sentido final.

El autobús se había parado y las viejas descendían deprisa para tomar el café.

lunes, 25 de enero de 2010

Soy

Yo sólo soy el chico al que no quieres mirar de frente. Un hombre, se diría; cinco lustros de risa floja y tempestades. Un niño envejecido, con los pies quemados y los ojos negros, muy pequeños, inválidos ya para cualquier disfraz.

Dulce disfraz. Me crees pequeño y lejano, y yo no entiendo por qué no soy capaz de abrir mis alas a tu lado. Me crees cobarde y yo me pienso a veces un Quijote imbécil, a lomos del más bello corcel, ciñendo la más regia coraza… y me menguo; me hago un loco que conjura con el viento la manera de domar la luna y las estrellas, para exprimirlas, para dártelas a respirar.

Pero yo sólo soy un hombre, un vividor. Porque vivo cuanto puedo mientras tú me llamas desde algún altar, y porque vivo más allá del aliento que me dejas respirar. Soy carne y soy piel, soy ese calor en el que me intuyes cuando quieres verme, cuando me quieres ver. Soy el que espera al sol que barrerá tu sombra; soy el capullo agazapado, iluso de una primavera en flor que arranque los colores a este lienzo pálido, triste y sin ningún final.

Yo no soy un MI menor. No soy el lápiz que escribe en el pasado. No soy el ring donde pelear con el fantasma de la navidad. Soy un deseo no lejano y miles de historias por contar. Soy sólo el chico al que a veces no quieres mirar.


lunes, 11 de enero de 2010

La nieve y el chapoteo

El chico del sombrero oscuro se pasa el día agazapado. En Madrid está nevando y el asfalto se envenena con el pánico malsano de toda la ciudad. La nieve lo cambia todo, y eso molesta a un mundo abrazado a lo ‘siempre igual’, a la bocina del coche y al café con porras de las once y media. Pero al chico del sombrero le gusta la nieve de este lunes tan desigual.

Y le gusta porque limpia. Porque los copos son blancos y bajan del cielo como algodón dulce. Porque los niños abren bien los ojos y preguntan si las nubes se están rompiendo en pedacitos para que bajemos a montar una guerra de bolas. Y porque el caos siempre embellece los minutos, porque los cambia, porque la nada se olvida y el paisaje es por una vez como nunca antes lo hubo sido.

El chico del sombrero quiere chapotear. Pero aguarda; observa a la chica de las gafas de cristal. Ella mira a la nieve, tímida, buscando un sendero de asfalto por el que cruzar. Pero el asfalto ya no está; la calle ha muerto, y sólo un mar de blanco virgen separa al chico y a la chica de cristal. El chico espera y ronronea, peleado con su mal domada ansiedad. Escucha la voz de ella, dulce y mentirosa; ‘imposible’, le dice; el chico descorcha una sonrisa difícil de disimular.



viernes, 18 de diciembre de 2009

Entre luces y colores

‘Castaño claro’ quiere ser feliz. Sale de casa solo y sonriente, armado de cuero y guantes de piel. La noche brilla como nunca, por aquello de la navidad y sus antojos de colores, y por la luna, caprichosa, que se ha hecho mayor para unirse a la fiesta. A ‘Castaño’ le gusta esta noche; no hace frío y el mundo descansa en el sofá viendo ‘House’. ‘Las calles para mí’, piensa ‘Castaño’; arranca la moto y empieza a soplar.

Por una vez, Gallardón reconcilia a ‘Castaño’ con el mundo interior, el de mentira. Las luces de Madrid le envuelven y le colocan, metro a metro, segundo a segundo. Acelera la moto y la locura arrecia en una extraña forma de salud mental. ‘Soy una puta cigüeña’, piensa. ‘Castaño’ abre los ojos y el aire se le clava más allá de las retinas. Frena un poco, apaga los ojos y vuelve en sí por un momento. ‘A ver… me estoy desviando’. Gira y acelera, y vuelta a empezar.

Ahora ‘Castaño’ piensa en ‘Morena’, y lo feliz que sería en el asiento de atrás; abrazada, acurrucada, con los ojos abiertos al país de las maravillas, a ese Madrid asustadizo plagado de luces y sueños, a esos sueños cristal que se rompen cuando dejas de frotar la lámpara de los cuarenta ladrones. ‘Y lo peor es que sabe lo que se está perdiendo’.

‘Castaño’ piensa ahora en Pink Floyd y Dylan. Piensa que el viejo Bob tenía razón, que la respuesta siempre estuvo flotando en el aire y que ella lo que hace, lo hace siempre como una mujer. Vuelve a girar y se despista. Ha vuelto atrás. No quiere llegar a su destino. Le esperan, sí, pero ‘Castaño’ es feliz dando vueltas por Madrid; bajo esa luna caprichosa, acunando un colocón de luces que cree que nunca acabarán.

Frena, pisa el suelo y se detiene. Junto a él se para un coche, que gime con un CD de rock antiguo. ‘I wish you were here’, sí. Una voz se quiebra y no lo hace por amor. Un canto de amistad por un amigo colocado, que no pudo tocar. ‘Eso sí que es poesía’, piensa. Castaño vuelve en sí desde su celda. Ahora sí le toca llegar al final.


martes, 17 de noviembre de 2009

El Olmo y su amigo melancólico

«Me siento como una cigüeña.»

El Olmo entorna los ojos. El día ha sido duro, no cabe duda; sin ella, por una vez y por completo, pero con los ojos de un amigo que no paraba de recitar paredes.

«¿Por qué, Olmo?»

«No sé… -su gesto se agota de cerveza –porque vuelo y me poso… vuelo y me poso…»

El amigo le mira y se vuelve a reír. “Tengo que apuntarme eso”, piensa. Él también tiene motivos para descansar; tiene su ella, su tiempo imposible, su silencio incómodo. Y su peso. La lucha continúa, mientras él se empeña en mirar hacia otro lado, hacia adelante. “Qué bonito es el presente, ¿no?”, había dicho Olmo. “Amén”, pensaba él.

«Somos dos artistas descorazonados.»

Olmo no quiere abrir los ojos. El alcohol le sigue dando cuerda; ya no puede ver más allá de las paredes, pero siente cada milímetro de mundo que le baila alrededor. El ficus, la guitarra y las notas de italiano; las tulipas rojas del salón, las gotas de agua sucia empañando la ventana. “Todo son átomos en intercambio”, había dicho en el primer bar, frente a un millón de cacahuetes y las primeras cerveza.

Y frente al agua; esa extraña plaga de un país acanalado, plano y húmedo, evocador, pero frío y solitario.

«Este pueblo es increíble, Olmo.»

El amigo melancólico piensa en canales y un atardecer.

El Olmo duerme ya, o finge hacerlo, mientras Calamaro rompe el silencio con sus crímenes perfectos.

martes, 13 de octubre de 2009

las chicas sólo quieren divertirse -octubre cae en jueves, segunda parte-

El chico ya no quiere tempestades; hoy no. Ha salido del seto con la agenda en la pechera, colgado numeritos. ‘Hoy es jueves, otra vez… y yo sin darme cuenta’. No sabe por qué se tuvo que esconder; su memoria es más lista que él y ya lo acuna con montañas de presente. Hoy luce el sol, por casualidad, como el amor en los juegos de Kundera. ‘Y se agradece, sí señor’; el chico sabe disfrutar de las casualidades.

Octubre clarea, disfrazando de colores un minimundo de grises rumbo al frío. El chico mezcla la soledad de la calle con la soledad de la alcoba, por cambiar de aires. Ve una peli de amor cruel, de los dramas que se aplauden porque ‘joder qué puta es la vida y qué bien la muestra el director… ojalá tuviera también valor para el suicidio’. Piensa en el protagonista. Es un hombre bueno, pero eternamente equivocado; y sí, paga su equivocación despreciando a la chica a la que ama, la chica perfecta, bella y frágil, llena de amor y desaliento. El hombre es un cabrón, aunque tenga sus motivos. La peli es grandiosa, pero el chico piensa que el amor ya nunca es lo que quiere hacer de él el hombre duro. ‘Eso ya pasó de moda’.

‘Y yo no soy un hombre duro, que es lo peor’. El chico piensa ahora en chicas, en las de verdad. En aquella chica de la boda… sí, la novia de guapa y blanco que se había ido de casa un mes después, sin respuestas y sin nada de nada, despidiendo a su recién marido; un supuesto amor de cien a cero en cuarenta días, y quién sabe qué pocas noches. Y piensa en la chica que lloraba en la cama; la que después rió en la suya, con los dedos en su espalda y los susurros en el viento. La misma que pasó a la cama de al lado, al poco rato de su ‘hasta luego’. Y piensa en la chica de ayer, la suya. Su memoria le devuelve los recuerdos de las noches pasadas bajo el seto. ‘Sí…’, piensa, ‘eso era… la siguiente estación’; su cabeza ya revolotea, perdiendo el suelo. ‘Quizás sí que quede la esperanza’.

Entre tanto pensamiento, una canción antigua suena de fondo en una mueca más del mundo, perversa por casualidad. ‘Girls just wanna have fun’. El chico sonríe. Piensa en la chica de la peli, la bella enamorada. ‘Ella quería ser feliz; las demás ya sólo quieren divertirse’.

jueves, 8 de octubre de 2009

Octubre cae en jueves, esta vez...

Algún chico de alguna calle de otoño regaña con sus dientes unos metros de este jueves de octubre tan antipático. El chico se llama ‘imbécil’, porque no sabe que el camino es demasiado largo para ponerle etiquetas. Pero se las pone, sabiendo que se asquea de esas grandes ilusiones que va dejando disfrazadas por el camino, rellenas de nada de nada. Y la nada va deshojando el calendario, pegajosa y cruel; y nuestro chico camina una calle en marrón cuarteado, midiendo sus calores con las piedras del camino, jugando a ser el chico más fuerte del mundo, jugando a suicidar cachitos de un corazón helado de repente, por aquello del rebote.

‘Se acabó; este juego no es para mí’. Lo dice porque no se siente ganador, a pesar de que las piezas sigan encajando, de que el dibujo de este puzle bélico es más claro y más bonito cada día. A pesar de todo, nuestro chico corre por la calle solo y ciego, buscando refugio, mirando al frente que no ve, hacia los rincones cálidos de un asfalto que nunca le ha fallado.

‘Aquí me acurrucaré, hasta que todo pase. Aquí no podré encontrarla. Si me busca, volveré…’, el chico se acomoda entre los setos, aún disfrazado de pinturas de guerra. Se agacha y llora un poco; es un chico. El mundo pasa por su lado, pero no le mira; le deja descansar. Sigue girando frío y silencioso, olvidadizo. Las hojas van cayendo y la lluvia ya no moja por causalidad. Las calles cantan tempestades, como siempre. En algún rincón, un chico se hace fuerte contra el tiempo, contra el juego que no puede olvidar.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Las palabras, el adios y lo demás... cuento triste

A Gabriel nunca le había gustado despedirse. No sabía. Había aprendido a escabullirse sin hacer ruido, entre la gente y la noche, siempre leyendo el momento en el que nadie pudiera arrancarle un ‘lo siento’. Era una táctica que había convertido en rutina de noche y amigos, y en escudo contra algunas lágrimas que nunca nadie pudo contemplar. ‘Mejor así’, se decía siempre; ‘mejor para todos’. Un truco viejo y sencillo; algo, además, con lo que seguir alimentando el misterio.

Pero esta vez no; la estrategia no servía de nada. ‘No puedo hacerlo’, pensaba, con la triste mirada perdida en el punto infinito de su frente. Había colgado el teléfono y se inclinaba ante el papel en blanco, buscando respuesta en unas palabras que aún no podían existir. Esta vez no cabía el camuflaje.

“No puedo más Elena; lo mejor es que no volvamos a vernos”. Lo había pensado y recitado, sólo cinco minutos antes de descolgar el teléfono. Pero había sido imposible. ‘Imposible’. Aquella palabra lo seguía taladrando con crueldad. La cabeza le hervía en deseo y el deseo crecía sin final. ‘¿Por qué?’ Él sabía por qué, pero sus ojos no podían dejar el infinito. Sí, aquel recuerdo, aquellos ojos, aquellos labios, aquel pañuelo saliendo del metro en busca de problemas, en busca de él. Un beso, y muchos más; un aliento que se había hecho demasiado cálido. Un “no” sin ninguna explicación. Un “no” entregado en carne, una apuesta a mayor, a todo o nada, a un futuro en el que seguía confiando y del que su mente no podía escapar, aunque quisiera. ‘Algún día sucederá, algún día’, y por eso, y sólo por eso había dicho ‘no’.

Aquello aún le perseguía por las noches, y por ello no podía decir ‘adios’. “Adios, Elena, adiós”, se decía, mientras pensaba en ‘hasta pronto’. Por eso se le había atragantado aquella despedida de teléfono y balbuceos. ‘No sé hablar con ella’, había pensado. Ahora se inclinaba en el papel, buscando el calor de todo aquello que nunca se dice. Y comenzó a escribir.

“Yo no quiero despedirme, Elena; yo no quiero este adiós…” Levantó la cabeza y miró hacia la cama. “¡Sonia!”, en el teléfono sonaba ‘River’, de Bruce; ‘el jefe’ acababa de cumplir 60 años. Gabriel se levantó e inventó la mejor de sus sonrisas. “Hola cariño, ¿cómo estás?”

Lejos de allí, Elena trataba de habitar en su soledad, recordando al chico que no había sabido decir adiós, convencida de un amor que aún no había comenzado.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Homo dudens

La primera ley del ‘Hombre sapiens’ libre es no dudar. Si vacilas, estás perdido; si te pierdes, mueres, encerrado en la duda, es decir, en ti. La segunda es caminar, siempre hacia adelante y sin pisar el freno.

Al señor independiente le gusta jugar con el calor de los tiempos. Le gusta el beso, la charla alegre y estridente, sin reservas; le gusta incluso el minuto indeciso que precede al placer. Le encanta el placer, sea cual sea, y eso le hace más libre, aunque también más inestable, siempre pendiente de los viajes que da el sol.

Al señor cálido no le gustan los ‘no puedo’, ni los ‘ahora no’. Le pesa el tiempo tibio porque sí, los días entre hola y hola, las carreras por matar el tiempo que se arrastra antes del día señalado porque ya está bien de tonterías. ‘Cálido’ necesita demasiado a las palabras, a las bocas que siempre hablan de él, o de todo lo que le rodea. Y además, la necesita a ella, esté donde esté y sea donde sea. ‘Cálido’ es buena persona, es tierno y silencioso, pero acostumbra a olvidar la primera ley del ‘Hombre sapiens’, y al resto de ‘dudens’ que le suelen rodear.

Para colmo, al señor frío le encanta pensar desde arriba. Dice que allí se siente más mayor, más sabio; que los desvelos de ‘cálido’ se convierten en chistes verdes y los juegos de ‘independiente’ en cuentos de salón. Para él poco tiene sentido en el mañana, que es lo único que le interesa. Él cierra la puerta y adelante ya no queda nada para oler. ‘Habrá que seguir caminando’, dice. Pero el problema de ‘frío’ es que sólo conoce la segunda ley del ‘Hombre sapiens’, y es tan sólo ella la que le obsesiona: caminar y caminar, dejando el campo yermo a cada paso.

El ‘Homo Dudens ‘ se pasea buscando un sitio donde anclar. Mientras sabe que no es nadie, según el momento. Mientras admite que hablar en primera persona acaba siendo agotador y vergonzoso.


martes, 1 de septiembre de 2009

Volvemos

Agosto se va y el cuento se cierra, sin trompetas, sin perdices, convencido de morir con el deber cumplido. La vida dibuja una muesca más en el bastón de los días que merecen ser pasado. El quehacer renace salvaje, frío, entre el café y las ‘buenas noches’. El mundo gira de nuevo y finge ser igual que el que dejaste anclado, como si nada de esto hubiera pasado.

Pero pasó, y mucho. Un sprint de noches cálidas, una gota de agonía en letras de segunda persona, un hilo infinito y recién cortado; un sudor frío y ebrio, una sonrisa de niño, al fin; una risa floja de chulo cervecero, un aliento tierno, cálido, un tacto de labios encarnados y una calle gris, de madrugada, vestida de un deseo ceniciento, de reloj y sin zapato. Una colección de miradas sonrientes; un coche y dos plazas, y la música sobre el asfalto, que nunca está parado.

Hoy las gotas caen del cielo. Me recuerdan que la lluvia volverá; que ya espera bufando entre los matorrales; que mojará, como siempre lo hizo, salpicando las notas que aún se dejan caer de mi ventana. Hoy la vida sigue, y no porque uno quiera, que también, sino porque la rueda gira y gira y quedarse atrás no está permitido, no cabe.

La música suena en mi cuarto, templada. Dire Straits me recuerda que no siempre Romeo supo elegir los momentos. El teléfono hierve de radio. La camisa pierde el blanco con el sol. El verano se fue; el estío muere, pero el rastro sigue oliendo a mar.

Hemos sido muy felices, ¿verdad? Para qué pedir más.

viernes, 26 de junio de 2009

El hombre del espejo

Carlos vivía en una caja de percusión, sentado ante el espejo; y no pestañeaba. De noche miraba al frente, a su propia cara, buscando un montón de arrugas que descodificar. Ésta por aquel trabajo mal pagado, ésta por ella y por ellas, y esta por los días de lluvia y frío, solo entre las mantas. De día le echaba carreras a las nubes.

No había descanso, salvo en los ratos en que el espejo se hacía un poco más convexo. Entonces sí, los ojos se abrían a la claridad de la calle, fuera de la caja de percusión, y paseaban durante horas por el patio del mundo iluminado; el verdadero. Aunque Carlos aún no era capaz de reconocer la verdad y la mentira. ¿Era aquello cierto?, ¿aquellas voces?, ¿aquel neón?, ¿aquella piel morena mirando al frente? Aún no podía saberlo, pero cada instante de convexidad le alejaba del centro del espejo, de las arrugas y los ojos negros.

lunes, 22 de junio de 2009

La insoportable carrera del amor a la indiferencia

A Javi le duele mirar al pasado; al anteayer, a ese coco feo y triste que se empeña en amargar los refrescos del verano. Por eso no lo hace. Ni mira ni escucha, por aquello del escondite inglés, del olvido, del tiempo que corre y deja tibio el estómago y lejana la conciencia; esa maldita conciencia. Él sólo corre y el mundo no puede culparle por ello. Corre deprisa, esperando que el futuro llegue un poco antes y su barita se encargue de pegar los cristales rotos. Esperando a que Olga se encargue de aflojar la correa; que sólo olvide y sea feliz.

Pero a Olga la alegría le queda un poco a desmano. Le huele sólo a pasado, que es lo peor que se puede decir de la felicidad. Ella espera y espera, ahogada en las lágrimas de cada noche de puro recuerdo, en esa almohada perezosa que se pudre de humedad. Ella no quiere, sólo espera. Espera que el mundo vuelva a conspirar en su favor, como aquellos días. Espera, al menos, que Javi responda al teléfono y tenga el valor de dictar sentencia.

Pero Javi ha corrido ya demasiado, del amor al olvido en menos de cuarenta días. Y Olga sabe que el valor, como todo, ya no es sólo cosa de hombres.


lunes, 1 de junio de 2009

Abrir los ojos, que ya es hora

Y ver al sol meloso desplumando las aceras. ¿Serán las diez? Lo mismo da. La liga se ha acabado y el tiempo es sólo un campo yermo y sin semillas, un solar infinito esperando a que yo sea quien agarre la azada. Pero la verdad, siempre fui perezoso para esto de la siembra. O no lo fui, pero el pasado es ya un perfecto pretérito al que no acabo de conocer, como aquel futuro; un ayer de nebulosa granizado entre mis manos. Aquel pasado se fue, o nunca estuvo; y eso qué más da, delante de este yermo campo infinito. El caso es mirar al espejo y ver las manos vacías, los ojos negros y los dientes blancos, doloridos de no morder.

Las aceras están llenas de butrones. Uno se pasa el día de salto en salto, haciendo equilibrios para no caer hasta llegar a casa. Entonces sí; te caes y te encoges, escondes la cabeza y lloras una vida para ti, entre los cientos de miles de almas que nunca jamás merecerán la pena. El teléfono suena y la risa parece de verdad; la cerveza derrama tempestades, y hasta los dulces de leche de todas las edades llegan desde lejos para hacer que pierdas la cabeza por un rato. Sólo entonces llenas la mente de olores frescos, y sólo eso merece la pena el rato de palabras blandas y pensamientos de mentira.

Uno es más feliz cuando hace las paces con la mentira.

La vida sigue. Ahora toca caminar.



jueves, 5 de marzo de 2009

Primera línea

Mamá dice que ya han pasado tres semanas.

¿Será cierto?, no lo sé. Hace días que no concilio un sueño en

 paz y las horas no paran de dar vueltas sobre mi cabeza, como una mala borrachera. Ojala fuera eso, ¿verdad? Que todo acabara en sermón mañane

ro y zumo de tomate. Que el sol purgara mis malas lunas, vomitando culpas y no cargándolas de preguntas que nadie quiere responder. ¿Por qué cojones nadie quiere responder? Tú lo sabes, ¿verdad? Tú has tenido diecisiete años y has odiado esa mierda de mentira inacabada que se envuelve para que los niños tontos no lo pasen demasiado mal. Tú lo has vivido también, no hace mucho; sólo que ahora eres un convicto, y eso te convierte para siempre en hombre.

Mi cuarto está como el tuyo, ¿sabes?, varado, refugiado en ayeres. Vivo en un pasado que ya no existe, del que no puedo escapar porque no consigo entenderlo. Mis cuatro paredes son de ayer, de anteayer, del día exacto en que te fuiste, aunque empiezan ya a tener el turbio olor a dejadez, a desidia, a las hojas del calendario del mes pasado.

Aquí todavía es abril, ¿sabes? Maldito abril. Maldito el día en que el mundo decidió que no eras una buena persona. Maldito seas tú, si es que no me quieres lo suficiente.

Porque mamá no sabe quererme. Lo intenta, sólo que aún piensa que el amor es una burbuja frente al mundo. Sólo que a mí ya no me sirve; no, al menos, ese mundo que te ha encerrado para librarme de ti.

jueves, 5 de febrero de 2009

Esperando a Alicia

Dicen que Alicia ya no vive aquí. ‘Se fue hace unos meses, pero volverá’, cuentan las porteras. Se marchó con los aires de un tiempo que empezaba a molestar, que amenazaba, que quería devorarla en el túnel del invierno frío y laborioso, del que nadie escapa, a no ser de un billete de avión ya costeado.

Alicia se fue, en noviembre. Sí, su padre dijo sí y la niña Alicia volvió a sonreír con su juguete viejo. ‘Me iré a la India, papá’, Alicia le da un beso; ‘en el fondo no eres tan malo conmigo’. Papá respira por un rato, aliviado, confiado en el armisticio que le da su economía. ‘Y cuando vuelvas, a buscar trabajo, Alicia’. Pero Alicia ya no vive aquí, y no le escucha.

Vive ya flotando en las barbas de la miseria, la del turista tierno. Se viste de zapatillera y regala caramelos a los niños; regatea mecheros en el mercado, fuma pipas y bebe té, con mucho azúcar; camina y habla con la gente, convertida a la religión del occidente viajero. Gasta el dinero y regala pan a los hambrientos. Camina entre monumentos, entre polis corruptos y muyahidines, entre vacas y mujeres laboriosas. Su cámara de fotos costó 300 euros.

Me cuentan que Alicia aún no vive aquí.


martes, 20 de enero de 2009

Cuando el tiempo sólo pasa

Enero se derrama casi sin querer; sin saltos, sin cigarras… la hormiga camina sin mirar a los lados; trabaja y duerme, y folla cuando puede hasta que sale el sol y debe volver al reguero de fieles del suburbano. La hormiga camina y el tiempo filtra solo la arenilla de esta lluvia de enero, que no deja espacio a los cantos rodados. Qué hermosos eran aquellos guijarros, ¿verdad? Aquel verano tonto de risas y gafas de sol, aquel tiempo tranquilo con el disfraz de lo eterno; sí, pero lo eterno es siempre mentira, con que sólo nos queda esperar para volver a ser embusteros. Entonces será el sol lo que oscurece; porque la luz nos recuerda nuestro lado animal, nuestra alma vegetativa, esa que entristece añorando la primavera. Y el invierno de enero es algo así como la siesta de las pequeñas cigarras.

Este enero oscuro ha traído los deberes de siempre. Nada cambia y todo fluye, pero al revés, que diría el poeta. Carlos sigue sin saber si su chica le pone los cuernos. Intuye que sí, por la experiencia; ha aprendido ya a mirar hacia el suelo y a esperar sus minutos de cariño, de gloria taciturna, que sigue aguardando como los más especiales que ella es capaz de entregar. La mentira de Carlos es, en este caso, una mentira impía pero inocente; la cena con galletas de quien ha pasado el día a pan y agua.

Veinte metros al sur, está Julián. Aún no es capaz de vaciar la botella, pero bebe cada noche trago a trago, gramo a gramo, sin esperar el día en que ver ese culo brillante y vacío, en que el tiempo haya hecho su trabajo y el ayer le mienta convertido en pasado pluscuamperfecto. Anoche volvió a salir. Volvió a ver una cara conocida y volvió a aquel polvo peregrino ya casi olvidado de calentura inmediata. El tiempo vuelve a girar y él se ha quedado para esperarle.

Este invierno terco nos sigue vigilando. Al menos es sincero, con su frío, su pasacalles y su gris perpetuo. Enero nos cobija hasta que escampe y volvamos a la vida de la rueda que gira. Hasta la primavera.