lunes, 29 de septiembre de 2008

Lo que uno tiene de mayor...

Añorar es tan bonito como el rato a solas con el mar, en vacaciones. Es el aire tierno, la hora dedicada al ego intemporal, y al tiempo ganado, y sin embargo, ya perdido. Es el placer del viejo que bien puede sumar tan sólo veinte años. Aroñar es amar y es parar, algo así como un círculo con vocación de cuadrado.
Uno añora el verano, cuando el frío le moja los pies y las calles se visten de negro. Añora la tierra del pasado; ¡la tierra!, como si ésta fuera más amable, más cálida; como si el mero paso del tiempo la hubiera dejado embalsamada. Uno añora su colección de segundos favoritos. Aquél a lomos de una bici, mareado de granos y alcohol; o ese otro por el que quisieras llorar, perdido el tiempo, perdido el grito, olvidado el guiño de una cara conocida.
Uno añora como viejo lo que no pudo sonreír como niño. O lo que pudo, pero hoy se pierde entre aquellos sueños hoy conseguidos. Sí…, añorar es tan tonto como amar al mar en vacaciones, como no reír solamente, porque no apetece.

martes, 16 de septiembre de 2008

cine - 'Hacia rutas salvajes', y hacia lo más profundo

Y si fuéramos valientes, todos seríamos un poco más Alexandre. Todos, o muchos, quizás, aquellos que creemos en vivir de la belleza y el sudor, de la sonrisa templada.
‘Hacia rutas salvajes’ es una historia imposible pero real, es un insulto a lo labrado por la historia; un relato diáfano de un joven brillante, un camino que deja al ser humano tan cerca de sí mismo que raya lo ficticio y se encuentra con el sueño inconfesable, con el ahora más libre, con el músculo atrofiado de la libertad. Quizás el sueño de ser un héroe, un pequeño valiente pero inútil.
Quizás Sean Penn nunca hubiera quemado su dinero, ni arrojado su coche al fondo de la nada desierta. Nunca habría caminado sólo, hacia lo salvaje, hacia los sueños que se abrían al paso de la libertad. Pero Sean Penn supo que había un Alexandre dentro de él, y que aquel chico rubio tenía su hueco entre nosotros. Quienes, como él, queremos vivir por encima de todo, por delante del empleo cómodo, de la hipoteca basura, de la luz, el agua y la comunidad; todo lo que necesitamos, por no ser, como él, unos valientes.
Esta es la historia de de un deseo, es la historia de una persona, es la historia de un amor directo hacia lo salvaje, hacia lo bello, hacia la verdad. Es la historia que todos, quizás, quisiéramos contar.

'Hacia rutas salvajes' (Into the wild) - Sean Penn

lunes, 8 de septiembre de 2008

Vuelan cirros...

…y comienza el lagrimeo de un verano que muere como todos, añorando. Añorando el sol, la chancla, la isla donde se es feliz entre rocas viejas y besos de amor; la caña en la garganta, el ‘vámonos’, el ‘quédate y nos tomamos la última’. Todo se va, se pierde devorado por un tiempo goloso, puntual, como los cirros del verano, que ya vuelan en amenaza de esa sombra tonta que siempre trae calor y malas noches.
Las gotas van del cielo a la piscina, que se enfría de desuso; los becarios se aburren y las calles vuelven a bullir de ‘os odio más que antes’. Y yo vuelvo a mis cambios infinitos. La rueda gira y yo salto para colarme por sus huecos. El cambio me promete más radio, más nombre; me promete un nuevo libro que pienso pero que no sé escribir, se me ha olvidado.
Y con todo, hoy, me siento mayor. No viejo, sino adulto. No adulto de veras, sino ese joven viejo, perdido entre palabras, recién salido de los felices años veinte, los primeros. Me sé mayor porque me veo con camisas y los 1.000 ya no son euros para todo el mes. Porque lagrimeo con este verano perdido y ganado, por ese olor a isla con besos de amor.
Vuelan cirros, sí, y el color del tiempo vuelve enrojecer. Que sea para bien.

jueves, 28 de agosto de 2008

arte - Robert Doisneau, el otro gran beso del hombre


Dijo un buen amigo, en los años de borrón, poema y lapicero, que el coche era siempre como una habitación vacía y en silencio, después del amor. Como un descanso en la tormenta, digamos; bello descanso de bello tormentoso día.
Bien; quizás los años hayan pasado y la poesía de lo limpio, sano y tonto se nos haya caído de los dedos, de tanto mundo exterior, de tanto cargar con la compra. Quizás los coches hayan perdido sus tildes y quizás el silencio ya no es sólo descanso de amor atormentado.
Pero los tiempos siguen cayendo atropellados y la pausa tiene ahora más torrente en vida y menos descanso. Más ‘yo’ que la habitación y la compañía, más poesía, más tontería.
Y el beso, amor, el beso uno, ahora y nunca, es el único espacio sin tiempo en medio de un fulgor de día a día. Porque el beso es hoy, es ahora, es tú yo, y no un solo grito de niño engominado, de egotista que aspira y aspira. El beso es hoy, y es hoy lo más lejos que se puede estar de la vida.

martes, 22 de julio de 2008

Sicilia, l'isola piu bella del mondo

Don Vito nunca hubiera querido salir de Sicilia. Nunca habría muerto sin volver, derrotado entre algodones y billetes falsos. Porque Don Vito, al igual que su isla, olía a mar, y sabía a tierra y a olivos en primavera.
Él, que todo lo pudo y casi todo lo hizo, hubiera preferido la costa jónica a la marea de calles del Bronx. Volar por las calles de Taormina, entre la pizza, la arcilla y el teatro greco. Allí se habría asomado a ver la función, mirando al frente, entre el Etna y las claras bahías de Naxos y Mazaro. Volaría por sus calles a ras de cielo. Cogería el vagón de teleférico para visitar el mar desde cerca, desde dentro, entre las rocas y la sal de la Isola Bella, la hermosa entre las más hermosas.
A Vito le hubiera gustado también correr por Ortigia, la abuela insular de aquella Siracusa perdida. Cuando era niño, deseaba sus calles, sus laberintos de tiempo, sus helados al sol entre el arancini y la pizza de media tarde. Los mayores hablaban allí de una ciudad perdida en la guerra. Una guerra tan lejana como nunca hubiera podido pensar. Aquella Neápolis naufragaba en vida y mármol, entre jardines celestiales que escondían la oreja de un dios, que fue hombre, tirano y victorioso del Peloponeso.
A Don Vito le gustaba pasear por su isla, al son de la lira y el bigote. Un recuerdo ronco, ennegrecido por los años. Un tiempo que sabía no pasaba de la misma manera por aquella Sicilia de foto e historieta. Pero sabía que Agrigento seguiría siempre erguida, diáfana, eterna. Allí los templos seguían marcando el camino a navegantes de la historia. La Concordia, Los Dioscuros, Heracles, Hera. El sol los protegía del hombre y de la tierra, como no podía hacerlo en ningún otro lugar. Allí revivía cada año la esencia de aquella Sicilia perdida que Don Vito hubiera querido tener para siempre.

miércoles, 2 de julio de 2008

Gracias, perdón y ¡que viva el fútbol!

Los días han pasado como una marea. Tres días, cientos de horas. Música, jingles, promos, sintonías, teléfono, micro y música otra vez. Una pizza de vísperas, porterías y un balón. Radioestadio. Camisetas de trabajo en rojo y oro. Miedo, mucho miedo. Tensión, horas de radio contando historias, gente hablando de lo mismo y de lo suyo, que no podemos dejar de hacer nuestro. Un gol, millones de gritos y saltos al descompás de la pasión. Una voz llena de magia radiando corazones. Carreras, prisas, sonido, música. Campeones al fin. Sí, al fin campeones.
El teléfono no para de sonar. Mensajes de lágrimas, de gritos. Mensajes de quién sabe quién se habrá acordado de mí en este momento. Un locutor dando gracias, ‘a Héctor Fernández, a Miguel Venegas, a todo el equipo de RadioEstadio’, y un mensaje más, del mismo locutor.
Y mis ojos no pueden dejar el frente. Si miro atrás, estoy perdido. El móvil suena, pero no puedo mirar atrás. Abrazos, palabras, un poco de champán a las puertas de un Audi. Sueño, poco, pero sueño. Vuelvo a ver la radio, las caras, el abrazo, las mismas personas teñidas de rojo y de felicidad. Un balcón, una ciudad, una plaza. Colón se tiñe de rojo y de Campeones Campeones. Yo me subo en las nubes, de pájaro en pájaro desde el séptimo piso de un hotel. Luis se mantea y Xavi grita ‘viva España’. No hay política, al fin, ni siquiera nación. Hay caras y las caras sonríen y no pueden dejar de decir la verdad. Yo muero en radio y alegría, en falta de tiempo. Necesito un beso, pero el móvil no para de sonar. Es todo muy grande, lo sé; y yo estoy allí para contarlo, entre los pájaros, a la altura de Colón. El tiempo me corre como una marea y aún no soy capaz de ver lo que somos, lo que hemos hecho.
Gracias, por esto.

jueves, 19 de junio de 2008

Literatura - 'Antígona' de Anouilh, lo nuevo es Grecia

Anouilh viste a Antígona con zapatos de tacón y nos la trae a nuestro ahora postmoderno; pero hace algo más: la narra en cuerpo y alma. Mientras en Sófocles teníamos que intuir una profundidad en los sentimientos de Antígona, en Anouilh nos los encontramos delante de los ojos, nos los gritan con desesperación. Si antes debíamos interpretar la labor responsable de Creonte como cabeza gobernante, Anouilh le aprieta las tuercas y nos lo enseña triste y desposeído de toda ambición, lamentando el día en que la corona hubo de caer sobre su cabeza. Anouilh nos enseña, además de la tragedia en sí -ya conmovedora- las entrañas de los personajes que la padecen, para convertir a los espectadores del siglo XX en hermanos de Antígona y Creonte, conmovidos por una historia que ahora es, si cabe, un poco más suya.
Y esto lo consigue sin grandes cambios en la historia ni, aún, en los escenarios. La ciudad es la misma y los soldados podrían ser guardias de la antigua Atenas o milicianos en el Madrid de la Guerra Civil. Da igual. La ciudad es casi la misma y hasta los personajes tienen el mismo pasado y las mismas responsabilidades que sus antecesores de Sófocles. Nada de eso cambia. De hecho, podríamos dejar las cuarenta primeras páginas tal y como las dejó Sófocles y la misma esencia de Anouilh impregnaría la obra.
Porque el cambio, la vuelta de tuerca, está en una simple discusión, en un diálogo de sentimientos, que destapa la tragedia interior y nos hace sentir, al fin, la tristeza de Antígona. A Anouilh le basta con ese clímax para dar vida a su obra, para enseñarnos un Antígona más reflexivo con un alma heredada de Sófocles pero vestida con los fantasmas del siglo XX, el existencialismo y la incomprensión.
Por eso esta obra cobra vida; por cuanto del Antígona de Sófocles puede enseñarnos y por cuanto de su propia sensibilidad puede aportar a un Antígona viejo pero lleno de juventud.
Anouilh nos ha enseñado en un acto pequeño y único es el hombre de hoy a través del espejo de la historia de Antígona. Sin duda es un espejo que nos comunica con Sófocles, con los hombres clásicos –de quienes tanto daño nos hace su olvido- y con los mitos, esos que hoy también nos hacen aprender más de la vida y de los hombres. Un camino hacia atrás, partiendo de un texto eterno.