viernes, 16 de mayo de 2008

arte - Rodin, de besos por Madrid


Nunca imaginé así aquella primera vez, aquel encuentro único e inolvidable. La luz miraba, sin molestar; Ella cogía mi mano con su caricia prolongada; miraba seria, pensativa; se decía que aquel beso debía ser ese ‘perfecto’ que andaba buscando. Y yo, asombrado por la historia y por lo magno del arte y de lo eternamente bello, admiraba aquel yeso inerte, tan frío y tan lleno de vida, tan rodeado por Ella, por mí y por aquella sala estrecha de púdicos ancianos de Madrid.
Nunca imaginé así aquella primera vez, aquel encuentro único e inolvidable.
Exposición 'Rodín, el cuerpo desnudo' desde el martes 13 de mayo en la Fundación Mapfre, Avda. General Perón 40, Madrid

viernes, 9 de mayo de 2008

El papel en blanco

Ahí lo tienes. Tan blanco, tan limpio, como una virgen pidiendo manchas con algún sentido de la estética, o del amor, que lo mismo da. Tan pasivo, tan caliente, preparado incluso para el borrón, porque sabe que lo importante es siempre empezar, digas lo que digas.
Empezar; qué difícil. Miras al papel y te enamoras hasta el odio. Tú no consigues mover los dedos, pero él sigue ahí, blanco, inocente, irreverente, como un monstruito angelical que te mira las vergüenzas. Pero las vergüenzas no te salen. Dudas, piensas –craso error-, y finalmente, escribes una frase contundente. “Es bonito, ¿no?, y profundo”, piensas. Ahora toca seguir, sin mirar atrás.
Pero acabas mirando, porque lo bonito y profundo se convierte en una evidencia del vacío que hay entre los dedos, de ese suspiro al comenzar a manchar, de ese temor, de esa risa floja que ves en el trasluz del papel en blanco. Tachas y vuelves a empezar.
Te levantas, bebes coca-cola, te das al pensamiento, a la divagación, al onanismo en cuerpo y alma. Revisas viejas notas, miras a los grandes que reposan sobre los muebles del salón. Piensas y piensas, hasta que tu cabeza se aburre y se pone a cantar. Entonces, corres a tu cuarto, a tu papel en blanco con borrón. Le miras a los ojos y dibujas.
‘Puta’, es lo primero que te pasa por la mente, lo que baila entre los dedos. ‘El olor de sus manos lo delataba; alcohol, drogas, la puta del cuarto sudando después del almuerzo…’. Los dedos se mueven al fin y la banda sonora crepita con fuerza sobre el papel.
La batalla ha terminado. El negro sobre blanco comienza a cabalgar.

jueves, 1 de mayo de 2008

Literatura - Madame Bovary, la bella y sucia tragedia

Uno no puede evitar mirarla a los ojos. Es imposible. Imposible y cruel. Emma se desnuda de página en página, como una muñequita obligada al pose, y las llagas de la vida se van derramando por su cuerpo, hermoso, blanco, francés.
Emma parece dormir, pero casi no respira. Hubiera querido ser buena, como tocaba, como le enseñaron las monjas de Ruán, entre novela y novela. Hubiera querido ser otra, ser distinta, poder elegir su ramo de flores, poder decir hola y adiós, cada día a una hora diferente. Aunque uno sabe que nada, así, hubiera sido distinto.
En el piso de abajo descansa su marido. Monsieur Bovary fuma en su butaca después de otro día de trabajo. Él respira casi por los dos. Él vive, en su trajín y su poco más. Su mujer es hermosa y buena y él está profundamente enamorado. Y mientras, uno no pueda evitar mirarle a los ojos, con lástima.
Madame Bovary es un réquiem al romanticismo. Por eso Emma llora y llora su desgracia, su maldad, su absurdo absentismo de la vida que le toca. Llora una vida y no un amor, porque eso ya lo sabe fracasado. Y uno no puede evitar mirarla a los ojos.
Porque Flaubert escribió una historia plagada de ser humano, plagada de mujer y de hombre, en su desgracia, a la que uno no puede evitar amar en su desprecio. De ello, quizás, está escrito el mundo; y más allá, nosotros mismos.

“Antes de casarse, ella había creído estar enamorada, pero como la felicidad resultante de este amor no había llegado, debía de haberse equivocado, pensaba, y Emma trataba de saber lo que significaban en la vida las palabras felicidad, pasión, embriaguez, que tan hermosas le había parecido en los libros.”

Tengo la intuición de que Flaubert sólo quería tocar los huevos. Y lo hizo. Liberó su pluma de románticos tópicos y acabó dibujando a un ser humano sufriente y demoledor, herido e hiriente, que removía las conciencias y los escrotos de la Francia palaciega; esa gran ‘nueva nación’ que prefería dibujar marsellesas destetadas que mirarle a los ojos a su propia concubina, la de casa, la de la blusa cerrada.
Madame Bovary tuvo la genialidad de existir cuando nadie podía soportarlo. Su autor era un rico venido a enfermo, y por lo tanto cada vez más pobre. Flaubert gastó su madurez en lamentaciones y querellas contra el mundo, con lo que su venganza siempre estuvo al acecho de la prosa genial. En 1857 se publicó la novela, la primera que escribía el autor y la única que quedaría para lo eterno. Emma Bovary, una hermosa joven de la burguesía normanda despreciaba su vida en una existencia carcomida entre el amor mal-llevado y las novelas mal-intencionadas; un Quijote triste y glamoroso, directo a la conciencia francesa. El libro costó al autor un proceso judicial por ‘inmoralidad’, del que salió absuelto y glorioso. Poco después, Madame Bovary sería la novela más importante de su generación.
Hoy es sólo un clásico, quizás uno más. Miles de letras templadas, pausadas y saboreadas, con la cadencia lenta que la condenan del lector del siglo XXI, pero que la elevan al amor de los locos de la belleza en libro, en horas, en ese poco a poco dulce y casi eterno. Una obra, un arte, un libro para saborear, para sufrir y hasta para odiar.
Bon apétit.

miércoles, 23 de abril de 2008

El sendero, estrecho y juguetón

De repente, se detuvo. Miró a un cielo oculto y vacío. Y pensó. Era uno de esos días en que las preguntas comienzan a disparar al ombligo; y el de Mario era grande, demasiado grande. ¿Por qué caminar?, ¿hacia dónde? Se había detenido sólo para descansar, respirar y volver a correr, pero ahora la quietud le atrapaba en su pasado. ‘El pasado es todo lo que queda por detrás del futuro’, pensó, convencido ya de que aquel momento era su minuto, dispuesto para mirar hacia atrás.
Y miró. La primera impresión fue de vértigo. ‘¡Dios mío!, ¿tanto camino he dejado detrás?, ahora será imposible volver’. Podía ver a lo lejos el bosque en que un día naciera todo, en que sus pies comenzaran aquel sendero estrecho y juguetón. En ese bosque conociera a su pequeño amigo descalzo, con anillo y ojos azules. Aquel mediano risueño le puso el camino ante los ojos y calzó sus botas con polvo de vestir. Lo echaba de menos, sí; aunque sabía que volvería a verlo al final del camino, cuando el viejo vuelve a ser niño y comienza a resoñar; ‘algún día, él sin anillo y yo con las orejas puntiagudas’.
También podía ver la catedral olvidada, y las hogueras de aquelarres donde ardieran los prejuicios y donde hoy se consumían las primeras hojas de niñas y corazoncitos. Aquello quedaba hoy demasiado lejos, entre el bosque y las flores, donde aún costaba distinguir por dónde discurría el dichoso sendero. Casi no podía recordarlo. ‘Mucho sol y mucha luna, sí; quizás demasiada’. Pero aquellas cenizas le había enseñado a enamorarse.
Y se enamoró de Carmen, como se enamora uno de una madre; una de postizo, pero con caricias y besitos en la frente. Con ella había recorrido parte del camino, de la mano. Con ella cruzaba la calle y encontraba la delgadez de la línea que nos separa de la adolescencia. Cuánto la había querido, cuánto habría deseado quedarse escondido durmiendo sobre su falda. Pero, después de todo, ella también le había enseñado a caminar sólo.
Desde entonces todo había sido mucho más sencillo. Los Buendía le abrieron el salón de su casa, con sus verdades y mentiras, para cien años de magia soñados, que no caminados. Tomás le sacó de borrachera por los antros de la Bohemia. Le presentó a las putas y a los malos, y le mostró lo que había de amor en un mundo incapaz de soportar la levedad del ser.
Los últimos kilómetros habían pasado demasiado rápido. El ritmo comenzaba a ahogarle simplemente en el recuerdo. Pensaba en aquel extranjero ciego y genial, en aquel marido triste y pseudoporteño que matara por dolor, en el idiota bienhechor que conquistó los corazones rusos a costa de su propia fragilidad.
Pensaba y pensaba, encontrando un recuerdo para cada paso, para cada estación de silencio y fantasía, y las lágrimas le asomaban sin derramar, por detrás de sus ojos, por detrás, en un orgasmo de pasado minutero. Volvió a mirar al cielo, en son de pausa. No miró, en realidad. Giró su cabeza y miró hacia delante. ‘Este camino no tiene final’. Sonrió y siguió buscando el polvo de su sendero, estrecho y juguetón.






"feliz cumpleaños"

jueves, 17 de abril de 2008

literatura - Irene Nemirovsky, historia de una letra resucitada

A Irene le gustaba leer cuando era pequeña. Su padre pasaba los días fuera de casa y trataba de conducir el timón familiar en los tiempos en que ser banquero, judío y rico no era buen pasaporte para vivir en la Rusia bolchevique. Su madre la detestaba y no se esforzaba por disimularlo. Habría querido un niño, quizás, o simplemente otro espejo en quien proyectar tan amarga existencia. Así que Irene se encerraba en su cuarto y leía.
Irene tenía catorce años cuando estalló la revolución. El destino le había hecho caer en el lugar menos apropiado en los días en que más podía añorar su pacífico hogar de Kiev, donde había nacido. A cambio, la vida le había puesto entre las manos a Oscar Wilde, Huysman, Maupassant y Platón, además de los idiotas de Dostoievsky. Irene devoraba sus libros mientras la familia Nemirovsky escapaba de Rusia para nunca volver. Su camino le llevó a Suecia, y después a Francia, cuya cultura había aprendido de su nurse, y donde había pasado largas vacaciones acompañando a su madre, más como sirvienta que como hija.
En París logró empezar sus estudios de Letras, en la Sorbona, y comenzó a escribir sus primeros relatos cuando aún no cumplía los dieciocho años. Irene escribía dolor, odio. Escupía sus recuerdos de letra en letra. Recordaba sus veranos en la Costa Azul, o en Biarritz, donde dormía en las pensiones del servicio mientras madame Nemirovsky se arropaba entre las sedas de los mejores hoteles. Recordaba la ausencia de su padre, de negocios y casinos.
En 1926 Irene logró abandonar a su familia para casarse con Michel Epstein, con quien tendría dos hijas. Poco después, publicaba su primera novela, ‘El malentendido’. La joven Irene entablaba ya amistades con el orbe intelectual parisino. Se hace amiga de Kessel, judío como ella, pero también de Brasillach, un antisemita furioso que será fusilado en 1945 por sus artículos incitando al odio racial. Ya por entonces, Irene muestra el difícil equilibrio entre su origen judío y su odio por todo lo que le pueda devolver a su pasado infantil -"¡eso que vosotros llamáis éxito, victoria, amor u odio, yo lo llamo dinero!"-. Su tercera novela, ‘El baile’ la encumbra en la esfera literaria francesa y es adatada al cine con un éxito espectacular.
Pero la vida reservaba a Irene Nemirovsky un trágico capítulo final. En 1942 Irene es detenida en un pequeño pueblo de la campiña francesa y conducida a los campos de prisioneros judíos. Poco después, acabaría exterminada como una semita más en Auschwitz, sabiendo ya que su marido también había sido ejecutado.
De ellos sólo quedaron los libros de Irene, sus dos hijas, y los manuscritos de una obra llamada a ser uno de los más importantes legados de la literatura universal: ‘Suite Francesa’. Se trataba de una novela en cinco partes, escrita en directo, como testigo de una época donde los hombres decidieron comprobar hasta dónde pueden llegar los límites humanos. La primera parte, Tempestad en junio, cuenta el éxodo de los parisienses ante un avance germano que se les antoja incomprensible en su rapidez y eficacia. Némirovsky retrata las mil pequeñas cobardías y miserias de una población errante, más preocupada por comer o dormir que por el destino de la patria. En la segunda parte -bautizada Dolce- se nos propone el retrato de un pueblo ocupado, de la cohabitación entre civiles franceses y soldados alemanes. Las tres que debían seguir, contarían el resurgir de los pueblos y la victoria final de un mundo nuevo. Un mundo que Irene, nunca podría enseñarnos.
Denise y Elizabeth huyeron por toda Francia arrastrando con ellas las dos primeras partes de ‘Suite Francesa’ y lograron sobrevivir al acoso nazi, gracias a la heroica complicidad de una profesora. Irene murió en la Guerra, pero su obra maestra quedó a salvo entre las cenizas.
Más de sesenta años han tenido que pasar desde aquella historia de heroínas, para que el mundo pueda leer la ‘Suite francesa’ de Irene Nemirovsky. En 2004, y después de terminar la ‘biografía soñada’ de su madre, Denise Epstein publicaba la gran historia inacabada. "Al principio no pude leer el manuscrito. El dolor y la cólera me lo impedían”, pero Denise acabó por entender aquello que su madre decía en más de quinientas páginas sin sentido aparente, "una victoria sobre el pasado, el abandono y el nazismo".
‘Suite française’ salió a la calle con una tirada de 10.000 ejemplares. La revista profesional del sector -Livres Hebdo- consideró de inmediato que se trataba del "libro más importante del año". En pocos meses, era premiada con el Renaudot Denoël, el más importante galardón de las letras francesas.
Hoy Europa quiere descubrir a uno de los grandes genios del siglo XX, a una mujer quemada –que no muerta- hace más de sesenta años y que hoy se reivindica en el mundo con las letras de una suite francesa que vivió y soñó bajo las bombas alemanas, y que acabó condenándola para toda la eternidad; la nuestra, la de aquí abajo.
Dicen que el tiempo lo cura y lo olvida todo. Afortunadamente, la letra y el arte no saben de tiempos ni de olvidos ni de muertes.

martes, 8 de abril de 2008

El segundo viaje del exiliado

El exiliado llega en silencio, por no molestar. Sabe que es pequeño, que no huele al trajín ni al vino, que duerme cuando los demás están añorando las horas dormidas. Sabe que sus pasos ni siquiera suenan igual y que aquellos caminos que ahora reencuentra guardan unos barros demasiado lejanos.
Ya no le gusta el olor. Le pica. Su nariz ratonea porque le siguen colando oleadas de recuerdos. Cierra los ojos, y el tiempo se va, como si el viento y la lluvia no se lo hubieran llevado.
‘El tiempo aquí no significa lo mismo’. El exiliado se para, se calla y se mira. Abre la boca. El mundo pasa ante sus ojos con aparente trajín. Pero él no se fía. Sabe que es un mundo de mentirijillas, de esos teatrillos sin querer, que van y vienen porque el tiempo no les deja sacarle las orejas a un sol que se esconde. Es un mundo de abuelitos y recreos, lo demás, en realidad, él ya sabe que no está pasando.
Un día el exiliado también corrió por esas calles de teatrillo ambulante. También tuvo su trajín, su algo que hacer a pesar del sol y los abuelitos. También olió a vino y humo, y sus pasos echaron el ancla por los mismos barros que ahora no quiere mirar.
El exiliado coge su maleta y llora, sin tristeza, sólo por el tiempo. ‘Nací extranjero’. Y comienza a llover.

jueves, 3 de abril de 2008

Voy hacia la niebla

Quién diría que allá se esconde un camino. Entre la bruma, débil, estrecho y viejo, muy viejo. Mis pies tienen frío, pero no estoy dispuesto a parar en lo alto de un cerro; hay mucho por hacer, muchísimo por conocer. El hilo del viaje oscurece y el sol ya no se esfuerza por calentar. Hacia él me voy, cargado de sueño.
'Caminante frente a un mar de niebla', Caspar David Friedrich