jueves, 12 de febrero de 2009

cine - 'Paradise Now', escuchemos...

En un país en el que sólo cabe elegir trinchera y pegatina, a veces es bueno cometer la imprudencia de escuchar y abrir los ojos, en silencio; a veces es bueno girar la llave solo y pensar.

La llave, sí; la llave gira y la luz cae; y empieza el juego de una historia de ficción demasiado real como para jugar a los héroes; y aquí los héroes son más bien dignos de desprecio. El paraíso, ahora; porque quizás el mañana nos demuestre que la ilusión de ayer fue demasiado estúpida como para empeñar tantos días.

En un mundo en el que escuchar no está de moda, un grupo de artistas nos enseñan una realidad, una parte de ella, que existe, que respira y que piensa y ama como nosotros. Quien no quiera mirar, que siga con los ojos cerrados.


jueves, 5 de febrero de 2009

Esperando a Alicia

Dicen que Alicia ya no vive aquí. ‘Se fue hace unos meses, pero volverá’, cuentan las porteras. Se marchó con los aires de un tiempo que empezaba a molestar, que amenazaba, que quería devorarla en el túnel del invierno frío y laborioso, del que nadie escapa, a no ser de un billete de avión ya costeado.

Alicia se fue, en noviembre. Sí, su padre dijo sí y la niña Alicia volvió a sonreír con su juguete viejo. ‘Me iré a la India, papá’, Alicia le da un beso; ‘en el fondo no eres tan malo conmigo’. Papá respira por un rato, aliviado, confiado en el armisticio que le da su economía. ‘Y cuando vuelvas, a buscar trabajo, Alicia’. Pero Alicia ya no vive aquí, y no le escucha.

Vive ya flotando en las barbas de la miseria, la del turista tierno. Se viste de zapatillera y regala caramelos a los niños; regatea mecheros en el mercado, fuma pipas y bebe té, con mucho azúcar; camina y habla con la gente, convertida a la religión del occidente viajero. Gasta el dinero y regala pan a los hambrientos. Camina entre monumentos, entre polis corruptos y muyahidines, entre vacas y mujeres laboriosas. Su cámara de fotos costó 300 euros.

Me cuentan que Alicia aún no vive aquí.


jueves, 29 de enero de 2009

Edgar Allan Poe - El misterio más allá de la tumba

La tarde era fría, como siempre. La ciudad bajaba las persianas de otro mes de enero con escarcha y vaho, a partes iguales. De puertas adentro, todo en orden; manta, sopa y tele alta; los niños hacían los deberes y los padres jugaban cansados a mecer una noche más entre el sofá y la comisura de algún beso de estación. De puertas afuera, la noche se abría con algo de magia. En un rincón de aquella ciudad, de aquel Baltimore abovedado, un hombre sin nombre cumplía con el ritual de lo realmente importante, de lo que nunca se acaba. Un homenaje anual a la letra y a la sombra; un giño a las buenas costumbres, las oscuras, que ya dura sesenta años.

Edgar Allan Poe nació un frío mes de enero de 1809. Rico e irreverente, lo fundamental para una vida dedicada al tintero, marcó los pasos de su leyenda desde antes de convertirse en un adulto adinerado. Con veinte años comenzó a escribir, huyendo del estudio y el trabajo serio. Con veintidós, era ya el mejor cuentista de los dos continentes. Su muerte, prematura y esperada, alcanzó el misterio de sus mismos ‘relatos extraordinarios’, un misterio que aún hoy no se ha querido esclarecer, por bien de la leyenda.

La pasada semana, el maestro de lo sombrío habría cumplido doscientos años. Baltimore lo recuerda hoy con una romería de recuerdos del autor, desde la taberna de sus desvelos hasta el lugar en el que se enamoró de su prima Virginia Clemn, de tan sólo trece años. En su tumba, como cada 20 de enero, centenares de personas acuden a rendir homenaje al escritor, en la tumba donde reposan sus restos, en el cementerio Old Western, en la esquina de las calles Fayette y Greene. Allí se congregan amantes de las letras y del fetiche de la historia; estudiantes, escritores, maestros y políticos. Pero sólo uno de ellos cumple con su ritual, con el mismo lenguaje que nos dejó el maestro, con el mismo honor, con el mismo misterio.

Como cada año desde 1949, un hombre sin nombre, un Poe Toaster sin cara y sin voz, se escurre entre la gente para dejar su ofrenda al poeta: una botella de coñac semivacía y un ramo de rosas rojas. Nadie nunca logró hablar con él; nadie sabe por qué coñac, por qué rosas, por qué él y por qué Edgar Allan Poe. Pero es él, sin duda, quien mantiene vivo el legado de un maestro que vivió del cuento y del misterio sin resolver.

Considerando entonces a la Belleza como mi provincia, mi siguiente pregunta se refería al tono de su más alta manifestación -y toda experiencia ha mostrado que este tono es uno de tristeza. La Belleza, de cualquier clase, en su desarrollo supremo, invariablemente mueve a las lágrimas al alma sensitiva. La melancolía es pues el más legítimo de los tonos poéticos. " Edgar Allan Poe

martes, 20 de enero de 2009

Cuando el tiempo sólo pasa

Enero se derrama casi sin querer; sin saltos, sin cigarras… la hormiga camina sin mirar a los lados; trabaja y duerme, y folla cuando puede hasta que sale el sol y debe volver al reguero de fieles del suburbano. La hormiga camina y el tiempo filtra solo la arenilla de esta lluvia de enero, que no deja espacio a los cantos rodados. Qué hermosos eran aquellos guijarros, ¿verdad? Aquel verano tonto de risas y gafas de sol, aquel tiempo tranquilo con el disfraz de lo eterno; sí, pero lo eterno es siempre mentira, con que sólo nos queda esperar para volver a ser embusteros. Entonces será el sol lo que oscurece; porque la luz nos recuerda nuestro lado animal, nuestra alma vegetativa, esa que entristece añorando la primavera. Y el invierno de enero es algo así como la siesta de las pequeñas cigarras.

Este enero oscuro ha traído los deberes de siempre. Nada cambia y todo fluye, pero al revés, que diría el poeta. Carlos sigue sin saber si su chica le pone los cuernos. Intuye que sí, por la experiencia; ha aprendido ya a mirar hacia el suelo y a esperar sus minutos de cariño, de gloria taciturna, que sigue aguardando como los más especiales que ella es capaz de entregar. La mentira de Carlos es, en este caso, una mentira impía pero inocente; la cena con galletas de quien ha pasado el día a pan y agua.

Veinte metros al sur, está Julián. Aún no es capaz de vaciar la botella, pero bebe cada noche trago a trago, gramo a gramo, sin esperar el día en que ver ese culo brillante y vacío, en que el tiempo haya hecho su trabajo y el ayer le mienta convertido en pasado pluscuamperfecto. Anoche volvió a salir. Volvió a ver una cara conocida y volvió a aquel polvo peregrino ya casi olvidado de calentura inmediata. El tiempo vuelve a girar y él se ha quedado para esperarle.

Este invierno terco nos sigue vigilando. Al menos es sincero, con su frío, su pasacalles y su gris perpetuo. Enero nos cobija hasta que escampe y volvamos a la vida de la rueda que gira. Hasta la primavera.


miércoles, 7 de enero de 2009

Mario Benedetti y la radio

-Hace unos años, encontré este pequeño regalo radiofónico de Benedetti, casi por casualidad, en un horatorio de esos tiernos, en que los jóvenes se sientan en las escaleras con ganas de llorar, sobre su libro de poemas de bolsillo.
Para mí fue un ratito de magia. Un homenaje a la compañía, y a la radio bien dicha.-

"Buenos días. Parece que hoy nos conceden un poco más de espacio.
¿Tregua globalizada? Ya era hora. Recorro lentamente los diarios
matutinos y las noticias no son tan nefastas como es habitual. Por
ejemplo: en Kabul los cines reabren sus puertas. Hace veinticuatro horas
que no hay ping pong de amenazas entre la India y Pakistán. Sharon y
Arafat se limitan a contemplar en televisión sus odios respectivos. En
España sólo tres maridos mataron a sus mujeres, aunque sólo uno de
ellos agregó a la suegra por las dudas. En Buenos Aires hay quien
propone un sistema especial de semáforos para evitar accidentes en los
cruces de cacerolazos. Hace dos días que el presidente Bush no agrega
más países a su nómina de futuros invadidos. No obstante, la naturaleza
halla motivos para vengarse de algo, de alguien, y reparte terremotos,
inundaciones, volcanes en erupción, torrentes desbordados. No sé si
ustedes piensan como yo, pero este mundo que nos ha tocado es una
lástima.
Dicen que fue un astrónomo de Cambridge, Stephen Hawking, el inventor
de la insensata teoría del big bang (el «gran pum», según Octavio Paz),
pero a mí es algo que siempre me provocó un explicable desconcierto
junto a una inexplicable repugnancia. Eso de ser choznos de los choznos
de los choznos de la nada no es por cierto vivificante ni confortador.
Que esta plétora de continentes, océanos, cordilleras, millones de
humanos en pigmentos varios, alimañas que van desde la cucaracha al
elefante, signifique algo así como un piojo en la inmensidad del
universo, hace que nuestras vidas se refugien en la brevedad de cada
almita. Y es entonces cuando la asunción del dinero se vuelve ridicula,
pese a que ese dinero sea después de todo indispensable para la
conquista y el ejercicio del poder.
No es mi propósito, queridos oyentes, desanimar a nadie, pero conviene
ser realistas, ser conscientes de nuestra verdadera dimensión, por
insignificante que sea. De todos modos, cuando la muerte le llegue al
poderoso empresario y al gobernante imperial y también al miserable
dueño de su pobreza, las cenizas de uno no pesarán más ni menos que
las del otro. En ese inapelable desenlace la despiadada pálida nos iguala
a todos y las penúltimas huellas se confundirán con las últimas. Mirar al
infinito es meterse en honduras. Medir un trozo de ese infinito con las
vueltas del día, es admitir que el infinito es siempre incomparable. Hay
pocas suertes capaces de salvarnos de ese y otros abismos, y una de
esas suertes es el amor. El amor es el único poder capaz de competir
con el abismo, de hacernos olvidar, aunque sea por una noche, del final
obligatorio. Ni siquiera el recuerdo del repugnante big bang puede
despegarnos del amor. Así que a amar, amigos míos. Sepan que es la
única fórmula para reconciliarse con la noche."

A voz en cuello, Mario Benedetti




Volvamos, por favor...

Los Reyes se van y el alma vuelve a descansar. Quizás la Navidad es demasiado prosaica; tanto como una vacaciones, sólo que con frío y sin ganar de joder al raso.
Mi cuarto sigue frío y yo sólo quiero volver a encontrarme; sin turrones, sin tepardeos. Añoro mis deberes infinitos. Sólo quiero un poco de Miller y Buckowsky, un poco de griegos y de italianos, un Pavón de jueves de paseo, una noche de peli, besos y edredón. Añoro mis mañanas tontas, quizás. 
Que venga el sol de una vez, y me pille haciendo los deberes.

sábado, 6 de diciembre de 2008

La mierda de la identidad

Siempre pensó que un hermano tonto no sería un gran problema. Pero ahí estaba, con la cólera en la mano y el revolver apuntando al blanco imaginario de aquellos ojos familiares. De espaldas aún, como él, contando los pasos.
Sabía que Felix no tendría miedo; ‘ya no tengo hermanos’, había dicho, ‘mi familia es mi pueblo, los míos, aquellos que beben del río en el que me emborracho cada noche’. Su mirada había perdido la ternura para siempre. Sólo el odio sobrevivía. Sólo el odio desesperado, turbio. El amor había volado, quizás, con las primeras litronas.
Habían acordado dar diez pasos, como concesión a la puntería. Una concesión al asesino formal. Pero Asier aún peleaba con sus escrúpulos y con su propia conciencia. Un paso, dos. El pasado le abordaba con los ojos de su hermano mayor. Tres. Aquellos ojos ahora negros, nublados por el odio al infinito. Cuatro. Sus pegatinas, su rock; aquellos pasos indecisos por la moda de llevar la contraria. Cinco. Su primer insulto étnico, político, como si votar fuera un examen de identidad. Seis. Se sentía mareado. Siete. Su hermano mayor, ahora más pequeño y débil, asustado; sólo, en su ciega manada de rebeldía. Ocho. Pena, asco; aún no podía creer que su hermano lo hubiera traicionado. Nueve. ¿Por qué? Por las pegatinas, por el nombre en la frente, por un pasado irreal que ni siquiera quería conocer. Diez. El tiempo había terminado. La conciencia, el amor, el estúpido orgullo de un error eterno. Todo. Nada. No valía el tiempo tanto olor, tanto llanto frío y seco. Sí, todo había terminado.
Asier giró, ya sin vida. Felix disparó, sin un resquicio de pasado. El hermano tonto quedó de pie, otra vez, contento, satisfecho de ser el fuerte una vez más. Asier murió ya roto en llanto, vacío. Sin madre, sin hermano, sin mujer, apartada de su lado por la misma bala culpable que bailaba entre sus venas. Muerto de un infierno, murió, seguro de que ese era el mejor de los caminos para un hermano bueno, mutilado del amor.