miércoles, 7 de enero de 2009

Volvamos, por favor...

Los Reyes se van y el alma vuelve a descansar. Quizás la Navidad es demasiado prosaica; tanto como una vacaciones, sólo que con frío y sin ganar de joder al raso.
Mi cuarto sigue frío y yo sólo quiero volver a encontrarme; sin turrones, sin tepardeos. Añoro mis deberes infinitos. Sólo quiero un poco de Miller y Buckowsky, un poco de griegos y de italianos, un Pavón de jueves de paseo, una noche de peli, besos y edredón. Añoro mis mañanas tontas, quizás. 
Que venga el sol de una vez, y me pille haciendo los deberes.

sábado, 6 de diciembre de 2008

La mierda de la identidad

Siempre pensó que un hermano tonto no sería un gran problema. Pero ahí estaba, con la cólera en la mano y el revolver apuntando al blanco imaginario de aquellos ojos familiares. De espaldas aún, como él, contando los pasos.
Sabía que Felix no tendría miedo; ‘ya no tengo hermanos’, había dicho, ‘mi familia es mi pueblo, los míos, aquellos que beben del río en el que me emborracho cada noche’. Su mirada había perdido la ternura para siempre. Sólo el odio sobrevivía. Sólo el odio desesperado, turbio. El amor había volado, quizás, con las primeras litronas.
Habían acordado dar diez pasos, como concesión a la puntería. Una concesión al asesino formal. Pero Asier aún peleaba con sus escrúpulos y con su propia conciencia. Un paso, dos. El pasado le abordaba con los ojos de su hermano mayor. Tres. Aquellos ojos ahora negros, nublados por el odio al infinito. Cuatro. Sus pegatinas, su rock; aquellos pasos indecisos por la moda de llevar la contraria. Cinco. Su primer insulto étnico, político, como si votar fuera un examen de identidad. Seis. Se sentía mareado. Siete. Su hermano mayor, ahora más pequeño y débil, asustado; sólo, en su ciega manada de rebeldía. Ocho. Pena, asco; aún no podía creer que su hermano lo hubiera traicionado. Nueve. ¿Por qué? Por las pegatinas, por el nombre en la frente, por un pasado irreal que ni siquiera quería conocer. Diez. El tiempo había terminado. La conciencia, el amor, el estúpido orgullo de un error eterno. Todo. Nada. No valía el tiempo tanto olor, tanto llanto frío y seco. Sí, todo había terminado.
Asier giró, ya sin vida. Felix disparó, sin un resquicio de pasado. El hermano tonto quedó de pie, otra vez, contento, satisfecho de ser el fuerte una vez más. Asier murió ya roto en llanto, vacío. Sin madre, sin hermano, sin mujer, apartada de su lado por la misma bala culpable que bailaba entre sus venas. Muerto de un infierno, murió, seguro de que ese era el mejor de los caminos para un hermano bueno, mutilado del amor.

jueves, 27 de noviembre de 2008

arte - Goya, la más hermosa de las pesadillas

Llegados aquí, bajo la estufa derrengada, al azar, en medio de un tenso sueño de pies fríos… llegados aquí, lo volvemos a ver; llegados aquí, como siempre, igual que en tiempos de Héctor y de Aquiles, de Plauto, de Atila, de Carlo, y de Bergerac. Igual que en cada oscuridad, el crono se viste de tiempo infinito, disfrazado de crueldad, sin careta.
Igual que ayer lo vemos, llegados aquí, en este ronco invierno que aún no vivimos, Saturno vuelve a devorar, a tragarse a sus hijos.

'Saturno devorando a sus hijos', Francisco de Goya

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Al fin, sólo y libre en la trinchera

La luna vestía de frío y neón. El suelo era seco, aunque en aquellas horas los huesos sangraban del frío y la lluvia nocturna. Larga noche, pensó. ¿La hora? Cualquiera. Poco importaba ya en la trinchera, sólo, dispuesto como un botón entre la paja, cargado de orden, misión, soldado y muerte.
La muerte…, era tan distinta a como la había imaginado. Se había indigestado de cine negro y había llegado a creer que matar era más difícil que dejarse morir. Qué mentira tan consoladora, pensaba. Ahora conocía el olor, el sabor, el sonido final de la carne humana y nada podía enturbiar su fina conciencia. ‘La conciencia’, pensaba… ‘ahora volvemos a tener verdadera conciencia’.
Pesaba el tiempo a cada tramo de aire que desfilaba sobre su armadura de soldado. Pesaba el frío; la noche era ronca y llorosa y él estaba sólo una vez más, rodeado de enemigos, esperando un resplandor que despertara al gatillo. Esperando la hora de volver a caminar, a devorar o ser devorado. La luna caminaba en silencio en una noche de guerra solitaria. ‘Era esto lo que yo quería’, pensó, ‘lo que el mundo necesitaba’.
Aún podía recordar los amaneceres de paz. Volvía a aquellos días vagos, a aquella tibieza primaveral que había acabado por corromperlo. Recordaba el sol como algo tempestivo, como algo normal y perezoso, de todos los días. El IBEX subía con plato grande y la compra dependía del humor del jefe. La niña de la almohada de al lado solía quererle, o al menos creía querer, porque los libros y la tele la obligaban, pintando el ojo de un guiño mentiroso y poético.
Pero aquello acabó. El IBEX bajó al fin y la niña ya no supo si amar era la respuesta a las facturas, al mal humor, a la partida de ajedrez trucada que cada mes debía seguir masticando. El sol ya no era firme. Las ventanas caían porque no había quién las reparase y el cuchillo era ya la única salida al escalofrío severo.
Recordaba bien aquella cola del INEM, aquel juicio. La ONU, el presidente, el líder social desenfundado del cordero; las alas de un comando de cientos de miles de locos pidiendo armagedón, San Juan, 4 – 1.
El mundo vuelto del revés. Medio hemisferio desecho en rabia, el otro medio en levedad; el resto, seguirá existiendo en el olvido. Y después la guerra, sin honores. Gritos, sangre, destrucción y parlamentos; un Kalashnikov en cada mano y el hombre de regreso a su mundo animal.
La sangre ahora le corría en pausa. Los dedos humeaban frío, la luna mentía con su luz. Ni un grito más en las persianas, ni una vida menos hasta el alba. El tiempo marchaba y la luz bastaba para gozar en la guerra; la luz, el tiempo, la nada y él, con su bolígrafo calado. Habían pasado dos meses de campaña y la sonrisa volvía a decir la verdad. Ya no había disfraz, no había mentiras, no había besos porque sí ni palabras cagadas en medio del mar, del humano charco de vida en común. Ahora escribía historias en trinchera. Escribía el mundo tal como era. Escribía en pasión de verdad, escribía en cólera, en el fuego presente de lo que el ojo ve y no calla. El mundo tibio y perezoso se había acabado. El papel volvía a mojar palabras que nadie tenía por qué leer. Tranquilo y sólo sonreía al mundo, en paz sólo consigo mismo.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Literatura - 'A puerta cerrada', el castigo humano de Sartre

Hablar de Sartre me provoca apuro, la verdad. Y es escribir sobre él me huele a rancio, como a otro tiempo. Me suena a Tony Alcántara, al niño repipi que descubre lo hermoso del eco de su voz, al hablar de genios vagos, oscuros, pero genios de lo grandioso.
Jean Paul fue un tipo grande, de esos que quedan chupados por los libros de historia y de filosofía. De esos de trivial, de pregunta sonrojante, porque quién no sabe de su Náusea, de su yo, de su basta, de su hilaridad para con todo ser viviente y sonriente. Sí, Sartre es el tipo que ganó un premio Nobel y lo rechazó, por aquello del despego al arte instituido. El mismo tipo que reclamara después el dinero que se adjunta al mismo Nobel, por aquello del apego a los bienes bien instituidos. Sartre era el tipo que llenó al mundo de su mágica náusea, de su halo triste que hoy arrastramos por no entender bien aquello de la existencia y el decoro.
Pero hoy Sartre asoma por este rincón mentiroso por la mera vía de su letra; la una de ellas. ‘A puerta cerrada’, una obra simple pero nueva, calada con el ingenio del francés y su discurso, que en vísperas del armisticio mundial (1944) dibujaba temblores sobre el intelecto de la época, laico y pre-decadente, entre el infierno beato y el fuego del fusil. Fantasmas recientes, al fin y al cabo.
Aquí Sartre nos enseña el infierno desde sus entrañas. Un martirio tibio e infinito, formado por la mente del condenado. Un infierno propio y terrenal. ‘El infierno son los otros’, nos dice, mientras desmenuza los fantasmas de un infierno que poco tiene de divino y mucho de terrenal. El odio por el hombre, por los hombres. Por vosotros, que molestáis. Sartre se hace Dios, por un momento, para, una vez más, señalarnos como diablos.
'A puerta cerrada', Jean Paul Sartre

viernes, 31 de octubre de 2008

El canto del hombre triste

Creían que tendría el corazón alicatado hasta el techo. Al menos fingían creerlo, que es siempre la forma más fácil de calmar los ceños. Uno sólo tenía que hablar, gesticular, aparentar vida detrás de la cara, mientras pasaba el examen mental de los que esperan ver unas gotas bajo el párpado. Pero las gotas no siempre salen. A mí no, al menos; ¿será que soy fuerte?, ¿qué soy un hombre?, ¿el tiempo me ha hecho madurar hasta dejar el alma en hielo? Eso dicen, sí. Quizás por eso de la soledad; de que el lloro es siempre enemigo de las culpas.
La lluvia pesa hasta los huesos, en esta escalera. La calle escapa de sí misma, de las horas negras de un otoño que tenía que llegar. La calle enferma y sin embargo, el hogar parece ahora el peor de los inviernos. Hará frío allá adentro. La luz no existirá. Habrá llamadas llenas de sonrisas y risas cálidas detrás de las paredes. Alcohol. La botella seguirá en el armario, esperando a la decadencia, al bastardo espejo frío de los sentimientos.
La calle me pesa bajo los pies. El hogar está apagado. Debo volver, aunque ya no sé si puedo bailar. Me subo a la loma de un ciprés, y espero. Espero sólo, como de carrerilla. Espero el viento de este día gris. Espero que la lluvia deje de pesar, hasta los huesos. Espero un rato a solas que no quiero tener. Espero la llamada que me cale bajo el párpado, que me saque de un tiesto del que, no sé por qué, ya no puedo escapar. Y llorar, simplemente poder llorar.

jueves, 23 de octubre de 2008

cine - 'Al otro lado', el viaje que nos separa del mundo

Hablar del cine turco-alemán suena demasiado pedante, lo sé. Tan pedante que se llega a saborear, como cierta rareza genial, para unos pocos. Suena pedante y lejano, como el chino mandarín. Suena a historia sucia de islamistas sin dios, sin vida y sin nada más que los recuerdos, esos que al viejo le pesan tanto.
‘Al otro lado’ es una historia trepidante de puentes y cambios de sentido. El blanco fuma en la shisha, y el moro busca trabajo mientras trata de mantener el amor de una rubia demasiado natural. Fatih Akin rebusca en su pasado, como lo hicieron aquí Almodóvar o Francisco Umbral… para enseñar al mundo una cara diferente, lejana, que también sabe reír y llorar, que lucha, como yo, por sobrevivir a los fantasmas.
Porque al otro lado de esa cara oscura, está, por lejos que sea, la nuestra.