miércoles, 27 de junio de 2012

Amor y sexo, en verso

(En realidad no quiero a otra
te quiero a ti en todas ellas
y a todas ellas en ti
cuando nos metamos en la cama)

Autócratas (Miguel Martorell)

domingo, 17 de junio de 2012

Dulce mañanero


Cada día le costaba más esfuerzo levantarse temprano. Pero lo hacía. A las siete y media sonaba el despertador, violento, sobre la mesilla de noche de Alicia. Ella siempre tardaba entre diez y quince segundos en apagarlo –eternos golpes de campana sobre mente dormida. –Javier rodaba hasta la mitad del colchón y besaba la mejilla de ella, siempre la izquierda. Ella giraba a su vez y se enfundaba entre sus brazos. Ternura, calor; liturgia mañanera de una intimidad.

Después solía preparar el desayuno mientras ella se duchaba, se vestía y se daba el color y brillo de todas las mañanas. Café con leche y tostadas, sin alardes;  zumo de naranja, los días de fiesta. Desayunaban y ella decía adiós, con un beso breve en los labios, y él se hacía con el relevo del cuarto de baño.

Alicia caminaba, entonces, con una leve satisfacción de vivir en un minúsculo y breve equilibrio. El abrazo, el baño, las cremas, el café con leche y la mermelada, el beso, el ‘adiós cariño’, con una caricia de piel como sin darse cuenta. Dejaba atrás una mañana que creía controlar con elegancia. Una leve sonrisa, una pequeña victoria, la última, quizás.

A Javier, sin embargo, le costaba. Madrugaba cada día para ser pareja por un rato; sin pensar, sin hablar apenas. Aquella liturgia de hogar y caricias era un ratito de amor impagable, casi el único de todo el día. Mecánico, sí, pero cálido y primario, sin forzar las palabras en un cuento en el que uno de los dos no acababa de creer.

Aquellas siete y media merecían la pena simplemente porque eran de los dos, sin aderezos, y ya nadie tenía que inventarlas.

Después, nada. Él y su ducha de diez minutos al compás del calor de hogar urbano; él y su visita a la web, al mundo de allá, donde las cosas no dejaban nunca de atropellarse. Palabras de un teclado. Tweet. Una sonrisa por alguien que cree conocerle. Vanidad.



jueves, 24 de mayo de 2012

Retrato de un moribundo

David decide morir. Su vida ha sido corta y rápida, lo bastante intensa como para sentirse un hombre afortunado; tiene un trabajo cómodo como profesor de Literatura y una relación estable con la mujer más maravillosa que jamás ha conocido. Pero eso no es suficiente. Necesita sentir las pasiones que ha devorado en los libros durante su adolescencia, y que sólo es capaz de experimentar en sus propios escritos. David ha vivido en una búsqueda continua, un juego que comenzó en la pubertad junto a su extraño amigo Sancho y que termina con una derrota personal que tratará de expresar, una última vez, frente a un tablero de ajedrez, con sus propios recuerdos.


miércoles, 9 de mayo de 2012

viernes, 27 de abril de 2012

Vino en el comedor


Viernes, tres de la tarde, calle del Pez, bajando a la derecha. 

El salón de La Mucca bulle de vida con su menú del día de diez euros con noventa. Dicen que es víspera de puente y eso se nota en las mesas, hoy un poquito más anchas. Los clientes comen y hablan; es viernes, y eso ya es motivo de satisfacción. Bajando a la izquierda, una pareja habla, alto, claro; la chica se deja oír porque tiene ganas de decir su nombre, de tener una cara en los demás; el chico la mira y bebe; tranquilo en su sillín, espera.

Ella se llama Lorena y escribe novelas por amor y profesión. Él es Javier, bilbaíno con careta de italiano, alto y delgado. También escribe libros, pero las letras no le dan para final de mes; por eso es periodista, porque ya no hay marcha atrás. 

Javier y Lorena beben vino porque sí, porque es tarde de viernes y la noche no les daba para más. Se comen sin quererse, a ratos, a bocaos… él le dice que está loca, porque se acaban de conocer; ella se levanta y le besa, le insulta, se ríe, y vuelta a empezar. 

Son las tres y media bajo la calle del Pez. En Madrid comienza un puente.


viernes, 20 de abril de 2012

La derrota, por el perdedor


Lucas tiene 20 años y tiene miedo. Como todos, sólo que tú no tienes 20 años y los fantasmas de Lucas te suenan a película infantil con un final que ya te esperas. ‘Fantasmas’; así lo habrías llamado tú cuando tenías 20 años; solo que ahora, con suerte para Lucas, lo llamarás ‘primer amor desorbitado’.

Él llora, como hiciste tú; intenta velar sus lágrimas mientras puede, mientras no sea ridículo seguir pareciendo un hombretón cuando no es más que un niño sin reyes magos.

Tú miras y piensas. No quieres herir, descargar verdades. Lo llamas piedad, aunque sabes que en el fondo es sólo una forma de no acabar discutiendo con un rival muy débil, al que tratas de acunar.

Le hablas, le ríes; hablas de mujeres y de vida, de años locos, de alcohol… el gin-tonic siempre ayuda en momentos de ironía. Le dices lo que sabes y le cuentas que una vez tú también tuviste 20 años y demasiadas lágrimas que avergonzar. Él mira fijamente. No cree; tampoco quiere.

Le cuentas una historia de 22, de 25; una lista de naufragios con ardores en la sangre. Eso es lo que quiere, y lo que no puede creer. Cambiar su almohada por alguna princesa de cuento que se deje tocar las mejillas que el dorso de la mano. De eso habrá, tú no tienes dudas. Habrá.

Después habrá domingos y un teléfono en la habitación; la lluvia cae de canto a través de la ventana. Aburrimiento. Tendrás otros ojos, o ella los tendrá. Otra llamada en el teléfono, otra sonrisa a la que quieras conquistar. Querrás, seguro; la culpa y la vida, o el sofá. Y tendrás que decidir.

Quizás tengas suerte y se acabe rápido, casi sin avisar. Y después más. Después dos ojos verdes que sólo quieren comer; comer, tarde y a deshora; una llamada de lunes a las 2; un paseo furtivo y desesperado; una cama, un salón; sus piernas y calor, media hora de calor entre unas sábanas de nadie. Y un adiós, casi sin dolor.

Y después, más humedades. Alguna sonrisa se hará perfecta y eterna, algo que no vean los demás. Entonces volveremos a empezar.

Lucas tiene 20 años, y llora.



viernes, 13 de abril de 2012

Normandía, 68 años de distancia


La mañana se vestía de lluvia. Un manto leve e inevitable, una especie de telón de cielo gris que se confundía a lo lejos con el mar de La Mancha, sin divisiones. Normandía se había levantado con su ropa de todos los domingos.

Bajar del coche y caminar era ya empezar a cruzar fronteras. No la del pasado, con la que uno ya cuenta en un cementerio, sino la de los kilómetros y las naciones. Aquello ya no era Francia y sus tejados de piedra negra; sino América, la del norte, con sus barras y estrellas cubiertas por las tumbas y medallas de sus héroes muertos.

Había muchos allí, bajo la tierra. Héroes y leyenda, la de un desembarco dibujado a máquina, delineado para el paseante. A la derecha, Omaha y su oleaje, las arenas donde cayeron mil quinientos soldados aliados. A la izquierda, el responso, una perfecta llanura horadada por cientos de cruces perfectas sobre el perfecto césped de muchas memorias.

Llevé mis pasos un poco más allá, frente a las tumbas, junto al monumento que enguindaba un pastel de pura solemnidad. Allí, bajo un bronce oscuro, cincuenta ancianos respiraban con sobriedad bajo cincuenta paraguas americanos. Alguno se erguía firme, con la mano recta sobre la frente; los más, puño en pecho susurraban la letra de un himno que temblaba desde alguna megafonía. ‘Barras y estrellas’. Terminó la música y cayeron lágrimas, justo en el momento en el que una trompeta sonaba en alguna estudiada lejanía, ‘Toque de silencio’, memoria, más lágrimas.

Salí de aquellas cruces con la memoria y el silencio. Pensaba en aquellos años cuarenta que cambiaron al mundo; pensaba en héroes y víctimas, y en sangre, litros empapados por aquel rocío tan normando e infinito. Me había calado de recuerdo, de uno ajeno, y casi no sabía cómo explicármelo. Era, quizás, la historia en libros y profesores; o el cine, o aquella liturgia ceremonial y solemne tan bien calculada. 

Arranqué el coche y volví a los tejados negros de la Normandía.


martes, 3 de abril de 2012

Unos pasos hasta aquí


Ya que he vuelto, y por una vez, no quiero mentir.

He estado fuera muchas veces, he estado dentro, pocas, lo justo para saber que estaba haciendo un buen trabajo y que algún día podría volver a mirarme a las tripas. Y estoy aquí, por fin, mentón arriba y mejillas blancas, tibias. Aquí estoy, al menos por ahora.

Lo bonito en estos casos, lo estético, sería decir que me estuve buscando a mí mismo por algún lugar desorbitado. Menuda  estupidez.  Como si alguien tuviera en realidad ganas de encontrarse, o como si uno fuera un tesoro pequeño y especial que está esperando a que lo saquen a la luz de un mundo que no puede dejar de esperarlo, siempre todo tan especial. En fin, que en otros tiempos, y con otros dineros, lo suyo sería empezar diciendo que me marché a la India para hacer las paces con el ser humano, o alguna otra memez de hijo de papá, todo muy decadente.

Pero no. Ha pasado el tiempo y no he hecho otra cosa que vivir, más o menos como todos. Busqué un trabajo lleno de pelotas y al final lo encontré, con sudor, con suciedades, pero con un micro y una firma, todo muy legal. Paso uno.

Busqué una chica y a encontré. Mentira, porque nunca la estuve buscando, no entonces; la busqué después, cuando la encontré, y me transformé después, porque debía ser mejor que nunca para poder conquistarla. Creo que allí me quedé, sí…, en aquel ‘érase una vez’, en el mejor cuento de mi vida. Aquello sí fue de colores, estético. Paso dos.

El paso tercero vino casi sin querer, sin esperarlo. Uno está una tarde pensando en volver a escribir vanidades, y llega al buzón una carta con un contrato. ‘Vas a publicar’, te lo dicen y no te lo crees, por supuesto. Aquello tampoco es tan perfecto, porque no eres nadie; porque además ya has vuelto a tu manera y te importan más tus nuevas palabras que las de antes, a las que en cierto modo desprecias porque nunca volverán. Y luego la palabra ‘escritor’, tan grande, tan lejos, no… eso no, ahora.

Y paso a paso uno acaba por saber que nunca se entiende nada, por mucho que aprenda, que envejezca, por mucho que sepa que sigue algún tipo de camino. Aprende los clichés, aprende a saber que la gente es gente, de tal o cual forma, y que pocas veces es capaz de sorprenderte. Pero, ¿y tú?

Tú caminas y vives, muy intensamente, como puedes. Sientes calor y frío, ansiedad. El tiempo se derrama siempre de la misma manera, a golpes, a sorbidos, pero siempre igual de pesado, cada cierto tiempo. El tiempo.

El tiempo lo es todo, porque a veces es sólo como llamo a un gin-tonic recalentado a las tres de la mañana, o un café bajo la Acrópolis, con hielo y madalena. El tiempo sigue siendo una melena rubia –o sin colores-, unos ojos llorando por algo que ya conoces y que no puedes contar porque sigue siendo doloroso; el tiempo es a veces un calor intenso; calor en forma de llamada, de washap, ardor, mareo, un picor de estómago por unas palabras. Me encantan las palabras. Aunque a veces, no las entiendo.

Ya me he liado un poco. Pero hoy, por una vez, creo que no he mentido demasiado.


martes, 14 de diciembre de 2010

Erase una vez

De la primera noche, sólo quedan imágenes en blanco y negro. Sólo eso, ¿te lo puedes creer? Han pasado más de dos años y ahora se me antoja una especie de sarcasmo malicioso. Sí, una broma que me tira de los pelos, como si el fantasma cavernoso de las navidades pasadas me viniera a señalar el estúpido error de mi yo más joven, más tímido y, sobre todo, más perezoso para esto de los tontos caprichos del destino.

¿Destino? No, borra eso; es más propio de ella que de mí. Además, el destino me recuerda demasiado a los poemas de Neruda, y eso amigo, tampoco ayuda en este otoño lagrimoso. Sea como fuere, a mí me seguirá pesando aquella primera vez. Aquel tibio encuentro cuarteado, del que hoy sólo guardo una imagen vieja y pasajera, una memoria; y ella, ni siquiera eso.

La escena era cálida y muy oscura. Sí, así era… El salón estaba lleno de sombras y las sombras danzaban dando gritos, dando vueltas a mi alrededor, que era también el de ella. Ella era morena en la mirada; lo era de pies a cabeza, en realidad, sólo que aquella noche yo no pude darme cuenta, porque su piel estaba dibujada en esa extraña escala de papel antiguo. Sería la luz, que no ayudaba, porque caía en ráfagas sobre nosotros, como si disparase una ametralladora de los años cuarenta. Su boca era grande y hablaba con dulzura, a mi oído, acercando sus mejillas sobre las mías en un roce meloso pero extremadamente calculado.

Sí; ella tenía una cara en blanco y negro, preciosa, y sabía dibujar de deseo la mirada. Y yo la miré, claro; directamente y sin temor, sabiendo que lo que estaba pidiendo era un beso furtivo en el instante en que el fuego de ametralladora diera un ratito de oscuridad. Pero eso ella no podía comprenderlo. Recuerdo que también me miró, con sus ojos negros y felinos. La luz se hacía y deshacía al compás de los segundos. Uno, y su cara blanqueaba a metro y medio de la mía; dos, y la luz volvía con sus ojos en los míos, a metro escaso de distancia; tres, y sus labios ya estaban casi junto a mí.

Tres segundos, nada más. El miedo me abrió los ojos, el miedo y un sentimiento de culpa del que no podía salir bien parado. Di un paso hacia atrás y ella respondió con más centímetros entre nosotros. No sé si mi pánico me había delatado o si mis pies cobardes la habían alejado; en realidad, aquello daba igual. El instante había muerto; seguramente, nunca tendría una segunda oportunidad, pensé. De aquella noche tan lejana, me guardé unos segundos sin color y un número de teléfono.


viernes, 26 de noviembre de 2010

¿dónde me quedé?

Ha pasado tanto tiempo que se me ha olvidado empezar a contar historias. Y era fácil, tanto que se convirtió en una forma de salud espiritual, de quietud necesaria, más que en una manera como cualquier otra de parecer interesante. Sí, de eso también había un poco.

Ha pasado mucho tiempo sí… Hoy escribo en una casa donde nunca antes escribí, en un teclado que nunca pasó las cincuenta palabras, mirando los tejados del que nunca antes fue mi barrio. La vida ha girado tanto que me da vergüenza y vértigo volver la mirada atrás, o adentro, como si nada ni nadie hubiera pasado por aquí.

Pero pasó. Los juegos se hicieron de mayores y el sol no dejó de quemar. El mar se cerró por dos semanas, entre piedra y piedra, alemanes y noches sin respirar. Después llegaron los ‘sí’, fantásticos y brilantes después de tantos meses de ‘ahora no’. La lírica se fue de mis manos pero se convirtió en una forma de vivir, hasta que llegaron los días de lluvia y de Neil Young, y la lírica se convirtió en Ikea, en chaise longue, en cenas por Madrid y teatro a las nueve. La vida siguió girando, sin sol, sin letras, sin minutos ni segundos, pero siempre dando poco menos de todo aquello que pudiera desear.

Hace frío y hoy me he dicho que no me apetece salir. Me he quedado sin escusas. Estoy solo; he dejado a Martín Gaite durmiendo sobre la guía de Croacia de Lonely Planet y la música de Nora Jones ha dejado de sonar; estoy solo y hoy, después de mucho tiempo, descubro que ya no estoy acostumbrado.

Por feo y tonto que haya resultado, estoy aquí, donde tenía que estar.

lunes, 26 de abril de 2010

Sueño mañanero y febril

A Jorge se le hacía duro el lunes mañanero. Le costaba teclear letras autómatas, le costaba el café de las diez, el ‘sí’ y el ‘quedan sólo un par de horas’. Miraba la luz del sol con los ojos entrecerrados, pensativo, como si aquella ráfaga que asomaba por la ventana del jefe fuera lo poco que le quedaba de unión con el mundo exterior.

Eso y sus fantasías, claro; aquellas escenas lentas que calentaban su frente y levantaban suavemente su par de comisuras acartonadas. Sí, pensaba en el verano y la cara le tornaba de un gesto amarillo e idiota. Llegaba hasta el fondo del armario de once meses de oración y allí se acurrucaba, tranquilo, feliz, dibujando los mapas de una aventura coloreada.

‘Estaré con ella’, se decía; y poco más podía importar. ‘Me cogerá la mano y saltaremos al agujero del árbol del país de las reinas de corazones y los conejos que saben hablar. Ella me dirá que sí y yo sabré lo mismo que siempre supe. Esa sonreirá y yo correré para ver cómo me alcanza. Haré las paces con los tiempos, y será el tiempo quien se pregunte ‘a qué demonios estamos esperando’; y entonces ella sabrá al fin lo que yo siempre supe’.

Jorge deambulaba por los aires agarrado a su compás. El teléfono empezó a sonar; era su jefe. Pero hoy la canción era un canto veraniego; ‘lo había olvidado’, ahora Jason Mraz le volvía a recordar que el sol estaba ahí fuera calentando a fuego lento su pequeño sueño de cartón; y no quiso descolgar.

jueves, 18 de marzo de 2010

llega el sol

A Javi le gusta tanto la primavera… le gusta volar, hacer cabriolas; le gusta el chapoteo de los días grises, de esa lluvia tonta y calentita, que empapa de pura estética a los novios tontos que juegan a besarse bajo el agua de este cielo ya climatizado.

A Javi le gusta pasear con gafas negras. Le gusta mirar; comprobar cómo la ciudad le va ganando grados al invierno, cómo el color pisotea al negro, cómo las niñas alegran minifaldas al mundo de la carne y los niños se esfuerzan por lucir ese bíceps tatuado de onanismo juvenil.

Le gusta, sí. Quizás por aquello de la luz después de las tinieblas, o por las noches de primavera que quedaron atrás. Sí, puede que sea eso; un recuerdo, una imagen que lo cubre todo. Una noche de abril con tres copas y una mujer. Un vestíbulo, un jardín. Unos labios endulzados en carne viva y un alegre sudor mañanero de bulto en el colchón. Javi no sabe por qué, pero le gusta este retazo veraniego y multicolor… Ya no llora la guitarra psicodélica, ya no se acurruca solo en el colchón. Ahora ríe y sale al sol.

martes, 2 de marzo de 2010

de paseo...

Las viejas poblaban el bus como un atrezo rancio y empolvado. El asiento estaba duro, raído y con una especie de pintura que amenazaba el buen decoro de sus vaqueros nuevos. Pero el sol latía por fin en el cielo, así que se acomodó entre el perfume senil y comenzó a leer su periódico bajo el leve resplandor del invierno apunto de acabar.

Aquel era el primer diario que compraba en tres años y lo sentía como si fuera una crónica de la ciudad al estilo García Márquez, con todos los acabados. Pasó la sección política cuando el bus doblaba Miguel Ángel con Eduardo Dato. En Luchana llegó a sociedad, esperando un pequeño dulzor tras el fiasco nacional de la economía y la parranda dialéctica; y lo encontró. Allí estaba París Hilton, piernas al aire y melena al viento, insinuando una figura sexual que, al parecer, no había gustado en el gobierno de Brasil. Aquella rubia explosiva; aquella presencia sexual casi perpetua, le hizo volver su mirada a los recuerdos del último día; el último, antes del sol, del periódico y del autobús cargado de señoras empolvadas.

Ahora no podía dejar de recordarla. La había dejado durmiendo en la cama, desnuda y desalienta, y temía que aquella huída inesperada le dejara sin aquel cuerpo de mujer para el resto de su vida. Una pena.

El autobús se detuvo de golpe, en un frenazo. Alguien acababa de perder la oportunidad de ser atropellado. Él volvió a su periódico; el siguiente titular lo fulminó en un instante. ‘El suicidio se convierte en la primera causa externa de muerte’. Tres mil personas al año no podían seguir adelante, y aquello parecía desconcertarlo. Había pensado en la muerte muchas veces, y la había deseado con locura tantas noches de diluvios sobre las sábanas; pero nunca se habría atrevido. Pensó entonces en el valor, y en la cobardía. Pensó en la fuerza y en el débil que sabe que debe encontrar ese mísero halo de esperanza. Y pensó en lo lejana que es la esperanza.

Y volvió a pensar en aquella chica de sueño y cama. En el rubio de su pelo, en lo salvaje de aquel rubio encrespado por la noche y sus deseos. En el blanco de sus ojos cerrados. En su dormir y en su follar. Volvió a pensar en todo aquello de una noche, o de dos, o de tres, lo mismo daba; y pensó que quizás, el único enemigo del suicidio y del caos fuera la fe, la más pura y estúpida fe, en el sentido final.

El autobús se había parado y las viejas descendían deprisa para tomar el café.

lunes, 25 de enero de 2010

Soy

Yo sólo soy el chico al que no quieres mirar de frente. Un hombre, se diría; cinco lustros de risa floja y tempestades. Un niño envejecido, con los pies quemados y los ojos negros, muy pequeños, inválidos ya para cualquier disfraz.

Dulce disfraz. Me crees pequeño y lejano, y yo no entiendo por qué no soy capaz de abrir mis alas a tu lado. Me crees cobarde y yo me pienso a veces un Quijote imbécil, a lomos del más bello corcel, ciñendo la más regia coraza… y me menguo; me hago un loco que conjura con el viento la manera de domar la luna y las estrellas, para exprimirlas, para dártelas a respirar.

Pero yo sólo soy un hombre, un vividor. Porque vivo cuanto puedo mientras tú me llamas desde algún altar, y porque vivo más allá del aliento que me dejas respirar. Soy carne y soy piel, soy ese calor en el que me intuyes cuando quieres verme, cuando me quieres ver. Soy el que espera al sol que barrerá tu sombra; soy el capullo agazapado, iluso de una primavera en flor que arranque los colores a este lienzo pálido, triste y sin ningún final.

Yo no soy un MI menor. No soy el lápiz que escribe en el pasado. No soy el ring donde pelear con el fantasma de la navidad. Soy un deseo no lejano y miles de historias por contar. Soy sólo el chico al que a veces no quieres mirar.


lunes, 11 de enero de 2010

La nieve y el chapoteo

El chico del sombrero oscuro se pasa el día agazapado. En Madrid está nevando y el asfalto se envenena con el pánico malsano de toda la ciudad. La nieve lo cambia todo, y eso molesta a un mundo abrazado a lo ‘siempre igual’, a la bocina del coche y al café con porras de las once y media. Pero al chico del sombrero le gusta la nieve de este lunes tan desigual.

Y le gusta porque limpia. Porque los copos son blancos y bajan del cielo como algodón dulce. Porque los niños abren bien los ojos y preguntan si las nubes se están rompiendo en pedacitos para que bajemos a montar una guerra de bolas. Y porque el caos siempre embellece los minutos, porque los cambia, porque la nada se olvida y el paisaje es por una vez como nunca antes lo hubo sido.

El chico del sombrero quiere chapotear. Pero aguarda; observa a la chica de las gafas de cristal. Ella mira a la nieve, tímida, buscando un sendero de asfalto por el que cruzar. Pero el asfalto ya no está; la calle ha muerto, y sólo un mar de blanco virgen separa al chico y a la chica de cristal. El chico espera y ronronea, peleado con su mal domada ansiedad. Escucha la voz de ella, dulce y mentirosa; ‘imposible’, le dice; el chico descorcha una sonrisa difícil de disimular.



viernes, 18 de diciembre de 2009

Entre luces y colores

‘Castaño claro’ quiere ser feliz. Sale de casa solo y sonriente, armado de cuero y guantes de piel. La noche brilla como nunca, por aquello de la navidad y sus antojos de colores, y por la luna, caprichosa, que se ha hecho mayor para unirse a la fiesta. A ‘Castaño’ le gusta esta noche; no hace frío y el mundo descansa en el sofá viendo ‘House’. ‘Las calles para mí’, piensa ‘Castaño’; arranca la moto y empieza a soplar.

Por una vez, Gallardón reconcilia a ‘Castaño’ con el mundo interior, el de mentira. Las luces de Madrid le envuelven y le colocan, metro a metro, segundo a segundo. Acelera la moto y la locura arrecia en una extraña forma de salud mental. ‘Soy una puta cigüeña’, piensa. ‘Castaño’ abre los ojos y el aire se le clava más allá de las retinas. Frena un poco, apaga los ojos y vuelve en sí por un momento. ‘A ver… me estoy desviando’. Gira y acelera, y vuelta a empezar.

Ahora ‘Castaño’ piensa en ‘Morena’, y lo feliz que sería en el asiento de atrás; abrazada, acurrucada, con los ojos abiertos al país de las maravillas, a ese Madrid asustadizo plagado de luces y sueños, a esos sueños cristal que se rompen cuando dejas de frotar la lámpara de los cuarenta ladrones. ‘Y lo peor es que sabe lo que se está perdiendo’.

‘Castaño’ piensa ahora en Pink Floyd y Dylan. Piensa que el viejo Bob tenía razón, que la respuesta siempre estuvo flotando en el aire y que ella lo que hace, lo hace siempre como una mujer. Vuelve a girar y se despista. Ha vuelto atrás. No quiere llegar a su destino. Le esperan, sí, pero ‘Castaño’ es feliz dando vueltas por Madrid; bajo esa luna caprichosa, acunando un colocón de luces que cree que nunca acabarán.

Frena, pisa el suelo y se detiene. Junto a él se para un coche, que gime con un CD de rock antiguo. ‘I wish you were here’, sí. Una voz se quiebra y no lo hace por amor. Un canto de amistad por un amigo colocado, que no pudo tocar. ‘Eso sí que es poesía’, piensa. Castaño vuelve en sí desde su celda. Ahora sí le toca llegar al final.


martes, 1 de diciembre de 2009

La niña tenía un sueño

Uno grande y complicado, de esos que se temen y se aman a distancia. La niña ya era grande; sus ojos contaban la edad de columpiarse sobre el mundo o perderse bajo él; pero muchos decían que seguía siendo una niña preciosa, de piel canela y sonrisa mayor. También él lo creía. Para él el sueño era ella, esta vez. Había tenido decenas de sueños; sueños de faldas y de vida, de luces y de neón, de comerse el mundo y de caer devorado entre labios de un ‘te quiero’ para siempre.

Esta vez era ella, porque sí; ‘por los milagros’, se decía, ‘nunca se debe dejar escapar los milagros’; había visto pocos en su vida pero todos se habían quedado en él. Era un soñador, y lo admitía. Soñó con una ciudad de Babel, y la encontró; soñó con una lágrima de mujer, soñó con un micrófono y millones de voces detrás de él, soñó con un papel de letras infinitas, por manchar y leer. Soñó mil veces y tantas veces vivió hasta desfallecer. Era un vividor de sueños, venido a menos.

Ahora, sin embargo, soñaba atrapado en un silencio incómodo. Poco podía hacer. Su sueño de ella estaba en manos de la niña de los sueños. Su sueño de Babel, en manos del tiempo y sus caprichos, y en manos de un pequeño dios venido a más.

Un dios grande entre los hombres, que contaba sus días fatigado entre sus dominios y sus dominados. Un dios canoso, vivido y leído, y muy hablado. Un dios genial, que soñó un día con un teatro entre clásico y tabernero, y que había gozado en sueños lo que la vida real no pudo satisfacerle.

Él no quería ser así, al menos en la parte de los ceños fruncidos. Él quería seguir adelante a gran velocidad, parando sólo para beber un trago, un vino, una cama despierta, hasta el amanecer. Ese era su plan y sin embargo, no podía moverse. El mundo entero se mecía y el otoño le paraba los pies. ‘La chispa, eso es… necesito la chispa adecuada, para volver a arder’.


martes, 17 de noviembre de 2009

El Olmo y su amigo melancólico

«Me siento como una cigüeña.»

El Olmo entorna los ojos. El día ha sido duro, no cabe duda; sin ella, por una vez y por completo, pero con los ojos de un amigo que no paraba de recitar paredes.

«¿Por qué, Olmo?»

«No sé… -su gesto se agota de cerveza –porque vuelo y me poso… vuelo y me poso…»

El amigo le mira y se vuelve a reír. “Tengo que apuntarme eso”, piensa. Él también tiene motivos para descansar; tiene su ella, su tiempo imposible, su silencio incómodo. Y su peso. La lucha continúa, mientras él se empeña en mirar hacia otro lado, hacia adelante. “Qué bonito es el presente, ¿no?”, había dicho Olmo. “Amén”, pensaba él.

«Somos dos artistas descorazonados.»

Olmo no quiere abrir los ojos. El alcohol le sigue dando cuerda; ya no puede ver más allá de las paredes, pero siente cada milímetro de mundo que le baila alrededor. El ficus, la guitarra y las notas de italiano; las tulipas rojas del salón, las gotas de agua sucia empañando la ventana. “Todo son átomos en intercambio”, había dicho en el primer bar, frente a un millón de cacahuetes y las primeras cerveza.

Y frente al agua; esa extraña plaga de un país acanalado, plano y húmedo, evocador, pero frío y solitario.

«Este pueblo es increíble, Olmo.»

El amigo melancólico piensa en canales y un atardecer.

El Olmo duerme ya, o finge hacerlo, mientras Calamaro rompe el silencio con sus crímenes perfectos.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

'2046', de Wong Kar-wai

Él viste un traje gris y se engomina el pelo. Sabe mirar al infinito y dibujar de labios una indiferencia en la que no puede creer, pero que le viste con honores de señor de damas descorazonadas. Ella es bella de pies a cabeza, porque debe serlo, hasta el último rincón de las pestañas. Los ojos la enfocan con luces de neón; es la estrella, una dulce princesa inmaculada que finge dormir apoyada en su hombro. Un asiento trasero, un taxi hacia ninguna parte. La música mece un amor extraño, trágico y universal, de esos que, al menos, merece la pena contemplar.

2046… una cifra casi casual, un número que nos habla, que se empeña en jugar con nosotros mientras el circo da vueltas sin casualidades. Quizás un futuro de cartón piedra; un futuro de disfraz, de pasado empolvado en fantasías. El cine sigue girando y las máscaras se vuelven de cristal. 2046… eso era… una mera habitación de hotel… un oscuro rincón donde llorar al amor y saborear al sexo. Un juego fantástico, con sinfonía y cámara lenta; y esa cadencia genial del genio, que te baila, que te acuna en cada calada y en cada paso de tacón.

Una obra de arte.


lunes, 26 de octubre de 2009

Psicodelia musical para un lunes con agujetas

Para un lunes que pesa, como hacía mucho. Uno enciende la tarde bocarriba y ojiplático, esperando un guiño de una cama que devuelve soledad; el sol se marcha sin un mísero ‘hasta luego’, a la traición de un olvido veraniego que no asume todavía la noche de las seis y diez. En la radio suena un disco: ‘Since i´ve been loving you’. Psicodelia pura. La cama comienza a levitar.

Una guitarra dolorida, dulce; la cuerda tararea un poema setentero y lejano hasta el infinito, hasta dentro; la batería acuna a pedaladas un paseo por la calle de la lírica mojada. La noche se convierte en humo y whisky. Los ojos se cierran; la tierra se frena bajo los pies; la música marea con su veneno… dulce y cálido veneno. ‘Sí… cualquier droga bastará…’

El sueño comienza a bailar, en una paz narcótica y semidespierta. Ella vuelve a aparecer. Su imagen se viste en blanco y negro, sobre la almohada; piel morena, ojos de cristal. Su cara juega con el humo de las notas. La guitarra la viste de esta psicodelia cuarteada y gris. Su voz se mezcla en caja y bombo, en ese compás de tres segundos. Un alarido de voz, tras el micrófono; millones de palabras que siempre guardaban el mismo secreto. ‘¿Dónde estará?’ El blues de Robert Plant no está hecho para las respuestas.